19 octubre, 2018. Por

Burning

Los graneros quemados de Murakami incendian la pantalla en un imponente drama devenido en thriller
Burning

Hay dos autores detrás de Burning. Uno es Haruki Murakami (1945), el autor de alguna de las novelas más poderosas de la literatura contemporánea, y también de Quemar graneros, el pequeño relato en el que se fijó Lee Chang-dong (1954), ex Ministro de Cultura y uno de los popes del cine coreano. Murakami aporta el núcleo argumental, y también muchos de los símbolos que salpican el metraje, además de la atmósfera onírica que se vuelve más enrarecida y siniestra a medida que avanza la película. Chang-dong, a su vez, se encarga de amplificar el relato, con dos elementos muy  típicos del cine de Corea del Sur: el primero es el resquemor entre los pobres y los ricos, entre los poderosos y los excluidos del sistema, la sensación de que existe un abismo insalvable entre ambos; el segundo es la obsesión (y la futilidad) de la venganza.

El protagonista Jongsu (Yoo Ah In) es un joven solitario y desubicado, como tantos otros de su generación; tiene un trabajillo como mensajero, pero sueña –un sueño imposible- con convertirse en escritor: su ídolo es Faulkner –no es una referencia casual-. Vive en la vieja granja donde se ha criado; su madre los abandonó cuando era un niño, su padre está siendo juzgado por una agresión. A los espectadores no nos parece que le vayan demasiado bien las cosas, ni que tenga muchos recursos a su alcance: no es especialmente guapo, ni sociable, ni elocuente. Literalmente, es un pringado. Un día, cuando hace en un reparto en un centro comercial cutre, se encuentra con una antigua compañera de colegio, Haemi (Jun Jong-seo), que trabaja como animadora, también vive sola (casi, tiene un gato) y, en resumen, se halla en una situación tan absolutamente precaria como él, aunque su actitud es bastante más vitalista: Haemi aún posee un fondo de ingenuidad. Parece haber química; se citan.

“Bajo la superficie de drama, hay uno de los mejores thrillers que nos ha presentado el cine de los últimos años: una vez que se plantea la intriga, y las llamas comienzan a prender, no se detienen hasta que lo devoran todo”

Entre los dos jóvenes surge una relación apasionada, pero igualmente precaria: lo que los une –adivinamos- es más la falta de expectativas y el peso aplastante de la soledad, que una genuina atracción. Pero de repente la magia –o lo que puede entenderse por magia en una sociedad hipercapitalista como la surcoreana- aparece para separarlos: a ella le toca un largo viaje por África. Así que le pide a su reencontrado amigo que cuide, mientras tanto, de su gato (un felino que, a pesar de su aparente invisibilidad tendrá un papel fundamental en la trama, en un inteligente guiño a la obra de Murakami). Jongsu, por supuesto, lo hace. Y no deja de fantasear con ella: tal vez esa chica sea su camino de salvación. Tal vez puedan apoyarse el uno en el otro para  salir del fondo del pozo (los pozos también son importante en esta película, como sucede en varias novelas y relatos del genial novelista japonés).

Sin embargo, cuando Haemi regresa, le aguarda una amarguísima sorpresa. No lo hace sola: ha conocido, en el curso de su viaje, a un compatriota, a lo que es, básicamente, un pijo, un niño de papá de Seul: Ben (Steven Yeun). Por supuesto, Jongsu no tiene nada que hacer, no hay forma de que pueda rivalizar con ese tipo adinerado y brillante al que se le define como una suerte de gran Gatsby local (de nuevo, la referencia tampoco es casual). Se resigna a apartarse y olvidarla (a olvidar la única mínima felicidad que ha alcanzado en mucho tiempo). Sin embargo, extrañamente, Haemi y Ben no se lo permiten. Ella quiere que conozca el nuevo mundo en el que se mueve. Jongsu no se siente cómodo allí, pero no deja de advertir que, igual que él, Haemi es una intrusa. Su personalidad no se ajusta a lo que uno esperaría de la pareja de alguien como Ben. No tiene nada en común con sus amistades. Entonces, ¿qué hace ese Borjamari de Seul con ella?

“El triángulo amoroso que se dibuja en ‘Burning’ está narrado con mucho estilo: todo parece superficialmente hiperrealista, casi vulgar, pero en el fondo está la percepción de que está ocurriendo algo extremadamente oscuro y malsano en segundo plano”

Burning, Premio FIPRESCI en el último Festival de Cannes, es una historia casi universal: el director traslada la acción de Japón a Corea, pero podría transcurrir, en realidad, en cualquier punto del mundo desarrollado. De hecho, podría acontecer sin ningún problema en España (en el dudoso caso de que algún director español actual hubiera sido capaz de rodar una película tan extraordinaria,  llena de turbiedad, inteligencia y belleza, con ese modo de captar el zeitgeist contemporáneo; y hubiera contratado además, para los papeles principales, a tres actores jóvenes magníficos).

El triángulo amoroso que se dibuja en Burning está narrado con mucho estilo: todo parece superficialmente hiperrealista, casi vulgar, pero en el fondo está la percepción de que está ocurriendo algo extremadamente oscuro y malsano en segundo plano. Bajo la superficie de drama, hay uno de los mejores thrillers que nos ha presentado el cine de los últimos años. Si hay que ponerle un ligero pero, es que el ritmo es, sobre todo en la primera mitad, demasiado lánguido, y las dos horas y media de metraje parecen algo excesivas, a pesar de la maestría del director para graduar la siempre creciente tensión. Pero una vez que se plantea la intriga, y las llamas comienzan a prender, no se detienen hasta que lo devoran todo.

Burning