7 junio, 2018. Por

Brassaï

El fotógrafo que inmovilizaba el movimiento como solo podían hacerlo los cataclismos y la muerte
Brassaï

No es casualidad que Henry Miller bautizara a Brassaï como “el ojo de París”; sin duda Brassaï es sinónimo de la capital francesa. Pero no sería justo decir que fue solamente el fotógrafo de la ciudad sino también y sobre todo, el fotógrafo de la noche de París. Un París nocturno y silencioso, el que los protagonistas eran los fantasmagóricos personajes de los bajos fondos que asomaban cuando todos dormían, y las imponentes arquitecturas de de Nôtre Dame o el Pont Royal. Una muestra retrospectiva de la Fundación Mapfre recorre su trayectoria a través de más de 200 piezas (fotografías de época, dibujos, una escultura y material documental) que podrá verse hasta el 2 de septiembre.

Pero aunque la noche fue protagonista de su primer libro, no todo fueron luces en la oscuridad en la obra de Brassaï, sino que también podremos contemplar sus desnudos, sus imágenes de la calle, sus retratos y sus grafitis. No en vano el autor aparece en los libros de historia por su seguimiento al mundo del grafiti,  no el que conocemos actualmente, sino el de su origen más primitivo, aquel que dejaba surcos en las paredes con incisiones y bajorrelieves y que nos habla de su interés por lo fortuito y el mundo primitivo.

“Ni surrealismo ni nueva objetividad. Su mirada se desmarcaba de cualquier corriente dominante. Quería inmovilizar el movimiento, congelarlo como según él solo podían hacerlo los cataclismos y la muerte”

El joven húngaro Gyulá Halász se fue a París en 1924, en pleno periodo de entreguerras, con la misma ambición que cualquier otro artista: hacerse famoso con su pintura. Pero pronto cambió los pinceles por la cámara, en un momento en el que la fotografía empezaab a ser considerada objeto artístico. Por eso se cambió el nombre a Brassaï, “natural de Brassó”, conservando su verdadero nombre para firmar su pintura. Muchas de las imágenes de Brassaï evocan y anticipan la mirada de Anders Petersen en Café Lehmitz, y es que la franqueza y autenticidad, desprovistas de voyerismo y falsa compasión acompañan a ambos autores.

El submundo de esos descastados con historias truculentas, sórdidas, canallas, que son retazos de la vida cotidiana en la ciudad; los tugurios, los prostíbulos, gente dormitando en los rincones de Montparnasse, que eran el centro neurálgico de la vanguardia parisina; los cafés trasnochados, entre copas de absenta y el humo de cigarrillos, con esa ceniza distraída que se va alargando hasta caer, todo eso se traduce en una frase que el fotógrafo dejó escrita: “La noche sugiere, no enseña. La noche nos encuentra y nos sorprende por su extrañeza; ella libera en nosotros las fuerzas que, durante el día, son dominadas por la razón…”.

Brassaï no practica una fotografía documental, pero tampoco creativa, sino que se plantea la elaboración de una imagen encontrada. Influido por el realismo descriptivo y urbano de Charles Baudelaire o con las nocturnidades de Toulouse Lautrec, podría decirse que lo que hace Brassai con la obra de Lautrec es, más que un homenaje, una paráfrasis. El hecho es que el impresionismo, el postimpresionismo y la fotografía de principios de siglo estuvieron marcados por la necesidad de contar la realidad y la vida tal y cómo se veían. Ni surrealismo ni nueva objetividad. Su mirada se desmarcaba de cualquier corriente dominante. Quería inmovilizar el movimiento, congelarlo como según él solo podían hacerlo los cataclismos y la muerte.

“En su obra hay una cierta pulsión de muerte, que en ocasiones toma la forma de un cuerpo postrado a orillas del Sena y otras la de una prostituta de dientes apolillados o de alguien que duerme entre cajas. Pero sobre todo de la ciudad deshabitada, con sus luces de gas y sus sombras”

Y es que en su obra hay una cierta pulsión de muerte, que en ocasiones toma la forma de un cuerpo postrado a orillas del Sena y otras la de una prostituta de dientes apolillados o de alguien que duerme entre cajas. Pero sobre todo de la ciudad deshabitada, con sus luces de gas y sus sombras. Y es que a pesar de haber dedicado su existencia a retratar siempre la vida, bien fuese a través de los habitantes de los bares, las fachadas de los edificios o los adoquines del suelo, esas negras sombras de las rejas, verjas y escaleras parisinas desprenden ese aroma funerario que se cierne sobre el mundo de los vivos.

Brassaï