24 octubre, 2017. Por

Bodas de sangre

Pablo Messiez rompe con los estereotipos de la obra para universalizarla
Bodas de sangre

El respeto es una línea muy fina entre el culto y el aburrimiento. Hay autores difíciles de abordar, sobre todo cuando se cree que se ha hecho tantas veces, en entornos tan diferentes y con miradas tan supuestamente opuestas como es el caso de Bodas de sangre, una de las obras más conocidas y representadas de Federico García-Lorca.

Pablo Messiez eligió hacer otra cosa: un bollo con el folio en donde está escrito el texto, pero sin tirarlo a la basura, simplemente moldearlo, cortarlo en pedacitos y pegarlo de formas extrañas para que se redimensione el trasfondo (o los trasfondos) de uno de los textos más universales que ha dado nuestro teatro contemporáneo. En las manos de Messiez, estas Bodas de sangre son muchas otras cosas para seguir siendo la misma.

LA CUARTA PARED

Allí sentados, somos los vecinos. Lo somos incluso cuando entramos minutos antes a sentarnos en la butaca, con música de fondo y anuncios por el altavoz de apagar nuestros móviles, de no hacer fotografías durante la representación, mientras nos dan el programa, mientras toda la sala se da la vuelta para ver a Pedro Almodóvar sentarse en su asiento y la señora de atrás nos toca el hombro para que nos escurramos en nuestro asiento porque no ve. Todo eso pasa mientras un personaje de la obra camina por el escenario y nos habla cuando decidimos callarnos de manera colectiva.

Pablo Messiez nos introduce en la escena. Nos señala en algunas ocasiones del montaje, nos da la espalda, abre el pasillo central, nos mira con esos ojos. Somos una casa del otro lado del llano con una mirilla abierta en canal. No es sólo que nos deja ver, sino que participamos analizando un texto que muta manteniendo su forma original pero también planteándonos nuevos contrapuntos al texto de Lorca; sobre todo los que tienen que ver con la lucha de egos, con la toma de decisiones, contra la pasión del sentimiento.

Por momentos, parece que habla de la relación entre España y Cataluña; en otros, parece que habla de lo racional contra lo irracional; en otros, del sexo contra el amor; en otros, de lo que se debe hacer y lo que la pulsión nos hace hacer. Messiez nos habla de todo eso, porque el texto de Lorca nos habla de todo eso. Sólo que, en esta versión, más abierta y menos estereotipada, más universal e inclusiva que realista y documental, nos permite ver la pasión desde muchos puntos de vista, que son en realidad uno solo.

LA ARGENTINIDAD CONTRA EL ANDALUCISMO

No es que Pablo Messiez haya trasladado el centro de la obra de los derroteros andaluces, en torno al Cabo de Gata, hacia Buenos Aires o Rosario o algún punto de la Argentina más profunda. Pero sí que ha quitado a la obra el cliché de andaluza-dependiente, buscando la racialidad, la pasión más salvaje e incontenible en un punto casi neutro: sigue siendo España pero sin acento andaluz, con una “prima argentina” haciendo las veces de vehículo transnacional, apátrida, común.

Es no sólo en sus manos (no olvidemos que él es argentino) si no, sobre todo, en la imponente y a su vez delicada voz de Guadalupe Álvarez Luchía (te hablamos de su proyecto musical La Loba hace unos meses, precisamente), que no sólo se dedica a entonar el Pequeño vals vienés lorquiano que años atrás adaptó Leonard Cohen, sino también a poner un pie en un territorio apátrida que también siente: allí resuenan las palabras de Lorca sin el andalucismo que vimos en las decenas de versiones de Bodas de sangre: la universalidad del texto también le quita una de las últimas sogas que las ataba al arte español de pura raza.

«en esta versión, más abierta y menos estereotipada, más universal e inclusiva que realista y documental, nos permite ver la pasión desde muchos puntos de vista, que son en realidad uno solo»

 

LAS CARNES ASOMBRADAS

No es la primera vez que se presentan desnudos en una versión de la obra, ni escenas de sexo casi explícito; pero posiblemente esa representación del sexo salvaje, de la irracionalidad, de la atracción extrema, de “las carnes asombradas” a las que alude el texto, se ven con una fractura expuesta en la versión de Pablo Messiez.

Los desnudos son tónica general durante la obra, aunque nunca de forma abusiva. Aún con una escena que puede incomodar a los más pacatos y conservadores del patio de butacas, el uso de la carne, la lascivia, la pasión que se debate entre la contención y la liberación, es un elemento absolutamente fundamental para comunicar las pequeñas grandes implosiones emocionales que contiene un texto cargado de raza y pulsión.

LA REDIMENSIONALIDAD DEL ESPACIO

Absolutamente imponente, modernista, casi como una galería de arte o una dimensión virgen, estéril, entre Matrix y una de las salas más espectaculares de un museo de arte contemporáneo. Algo de eso hay en la manera de crear la dirección de arte del espectáculo: imaginería pictórica a lo Mark Rothko y espacial a lo Yayoi Kusama.

Un trabajo espectacular que Messiez le debe a, por un lado, Elisa Sanz, encargada de la escenografía y el vestuario; pero también a Paloma Parra en unas labores de iluminación que no se corta en llevar a los dos extremos (el de las luces encendidas casi halógenas y las luces apagadas al completo, sólo con linternas) y a Óscar G. Villegas, en un trabajo del espacio sonoro que se debate entre la sinuosidad y la performance sonora de Ryuichi Sakamoto o Alva Noto.

Troncos, paredes de espejos, cuadros de arte contemporáneo, colores tan vivos (rojos, amarillos) como pálidos extremos para narrar, precisamente, los vaivenes emocionales que suda sin medida el texto de García-Lorca.

«el uso de la carne, la lascivia, la pasión que se debate entre la contención y la liberación, es un elemento absolutamente fundamental para comunicar las pequeñas grandes implosiones emocionales que contiene un texto cargado de raza y pulsión»

 

LA CONTEMPORANEIDAD MAS ELÁSTICA

Canciones Bambino, trajes y zapatos que te podrías comprar en la tienda de la esquina y una juventud con aspecto viejoven. Pablo Messiez cae en una contradicción curiosa, y es que a la vez que ha desprovisto del límite temporal el texto de Lorca, también ha mantenido la soga atada a ciertos tics no muy contemporáneos: lo rural, el caballo, el chismorreo y la marginación que supone vivir dentro de un pueblo, el pensamiento conservador del heteropatriarcado de una ciudad occidental en su facción más profunda.

Es curioso cómo, a pesar de firmar una obra deudora de algunos de esos tics del ruralismo de la España rural más profunda, utiliza algunos gags y tics propios si no de 2017, sí de la última mitad del siglo XX, muy distanciado de aquella primera mitad del siglo pasado. Una contradicción que, sin embargo, hace que la obra gane una elasticidad que, por muy contradictoria que sea, consiga redimensionar el fondo común de un texto atemporal, apátrida y desenclichado.

Bodas de sangre