11 octubre, 2017. Por

Blade Runner 2049

Cinco cosas de la secuela que no son ninguna novedad
Blade Runner 2049

Por fin se abrieron las puertas de los cines y los espectadores de a pie pudimos ver la secuelísima. Dos horas y media (largas) para reencontrarnos con el universo de una de las películas más influyentes y determinantes de la Historia del cine: Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Y, aunque las opiniones son diversas, una sensación planea por encima de todas ellas: está bien, pero era innecesaria. Porque lo cierto es que, necesitar, nadie necesitaba una secuela de Blade Runner. Aunque todos hemos pagado por verla este fin de semana sin rechistar.

Pero los haters, ¡ay! los haters, siempre estamos ahí. Los que pensamos que no haber arruinado la película original no es suficiente logro y que Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017) no contiene ninguno de los elementos que hicieron de la cinta que en 1982 firmó Ridley Scott un extraño, brillante e inesperado accidente cinematográfico. La solvencia técnica de la cinta de Villeneuve se invoca como principal atractivo de ésta, ignorando que con un presupuesto que supera los 150 millones de dólares lo que habría sido criminal habría sido que el resultado no fuera atractivo visual y auditivamente.

Y lo que es peor: a gran parte de la crítica y el público el festival de fuegos artificiales que es Blade Runner 2049 le está impidiendo darse cuenta del vacío que yace bajo tan adornado envoltorio. En 1982 Blade Runner planteaba un buen puñado de dilemas éticos fascinantes y casi inagotables, así como unos pocos momentos que no solamente apelaban al deleite estético del espectador, sino que interpelaban directamente a sus emociones. Pero en 2017 el catálogo de conflictos que presenta Blade Runner 2049 son bien conocidos que el aficionado a la ciencia-ficción y su desarrollo, frío y desapasionado, le deja a uno bostezando en algún lugar indefinido entre el tedio y la indiferencia.

Vamos a demostrar que casi nada de lo que cuenta Blade Runner 2049 es novedoso con cinco elementos fundamentales. Agárrense que vienen spoilers. Y algunas referencias a Matrix (Lana y Lilly Wachowski, 1999).

1.- El síndrome de Trinity

Como mujer aficionada a la ciencia-ficción la primera patada en la cara que me pega Blade Runner 2049 tiene que ver con la representación de las mujeres en la cinta. El ejemplo más sangrante es, sin duda, el de Joi, el personaje que interpreta Ana de Armas. Un intento bobalicón de aportar profundidad emocional al ‘K’ que interpreta Ryan Gosling. Por el camino, ni Hampton Fancher ni Michael Green parecen haberse dado cuenta de que ya hay una película, Her (Spike Jonze, 2013), que, para colmo, es bastante reciente, que explora todas las patéticas implicaciones asociadas a que tu protagonista se enamore de un programa de ordenador.

Knock, knock, knock, Neo. Wake up.

Así que Joi, además de ser old news, tiene un síndrome de Trinity que no puede con él. ¿De qué estoy hablando? Pues de esa sensación que se tiene con muchos personajes femeninos que a pesar de ser fuertes, arrolladores, interesantes y atractivos no tienen, a la hora de la verdad, peso real en la trama. La Trinity de las hermanas Wachowski es un ejemplo paradigmático: la tía es la monda, pero en el fondo no hace mucho más que ser el apoyo emocional de nuestro héroe (y morir, que Trinity lo hacía mucho). Aunque Hollywood (y la tele, especialmente la tele) cada vez nos brinda más contraejemplos, como el que protaginizaba Emily Blunt en The Edge Of Tomorrow (Doug Liman, 2014); las salas de cine, desde El Señor de los Anillos (Peter Jackson, 2001-2003) hasta Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013) están llenas de Trinitys.

Joi está ahí para despertar una respuesta emocional en el espectador”

Joi está ahí para despertar una respuesta emocional en el espectador, y lo único que consigue con su empalagosa presencia es aportar cierta sensación de liberación cuando le llega su (tan aciago como predecible) final. Y, lo que es peor: puedes contar la película sin mencionarla a ella y no perder ni un detalle de la trama principal. Hey, pero su personaje sirve como excusa para uno de los tríos más excitantes de los últimos años. La fantasía masculina perfecta.

2.- De fascinantes replicantes a simples androides

Uno de los hechos diferenciales de Blade Runner era lo original del conflicto de los replicantes. No solamente eran vistos con recelo por gran parte de la sociedad, sino que estaban diseñados para vivir vidas cortas: “The light that burns twice as bright burns half as long” (“La luz que brilla con el doble de intensidad se consume en la mitad de tiempo”) le explicaba el retorcido doctor Tyrell al torturado Roy en la peli original.

Los replicantes de la cinta original eran conscientes de sí mismos y de sus efímeras existencias. Cosa que los encerraba en una cadena de sufrimientos deliciosa y fascinante. La frase que pronunciaba Gaff al final de la película sintetizaba todo el conflicto de una forma brillante: “It’s a shame she won’t live! But then, again, who does?” (“¡Es una pena que ella no pueda vivir! Pero, ¿quién vive?”). El lema “Más humanos que los humanos” funcionaba a muchísimos niveles. Y era inagotable.

Nada de esto permanece en Blade Runner 2049: los replicantes tienen problemas más importantes, y sus existencias ya no están tan limitadas. El otro hecho que los diferenciaba, el poder ver y vivir experiencias vetadas a los simples humanos (“I’ve seen things you people wouldn’t believe”, uno de los momentos más inolvidables de la Historia del cine), deja de ser relevante. El conflicto entre replicantes y humanos ya no es más que ellos contra nosotros. Ni siquiera parece una rebelión de esclavos: los replicantes tienen intención de rebelarse porque, si no, de qué se iban a hacer películas.

“El lema ‘Más humanos que los humanos’ funcionaba a muchísimos niveles. Y era inagotable. Nada de esto permanece en Blade Runner 2049.”

Por si todo esto fuera poco, el combustible que alimenta la rebelión replicante es uno que el aficionado a la ciencia-ficción ya ha visto en la reinvención de Battlestar Galactica que Ronald D. Moore desarrolló durante la pasada década para la cadena norteamericana SyFy. Deudora confesa de la Blade Runner original (no solo por que la protagonizaba Edward James Olmos, que interpretaba al esquivo Gaff en 1982), Battlestar Galactica relata (entre otras muchas cosas) el desarrollo de la especie cylon: androides de aspecto humano con sentimientos complejos y encontrados hacia sus creadores.

Ya podemos decir que una de las más claras deudoras de Blade Runner (1982), la reinvención de Battlestar Galactica, adelantó a la franquicia de Ridley Scott en algunos aspectos.

El principal anhelo de los replicantes en 2049, poder nacer y dar a luz híbridos humano-androide, acabó siendo el principal motor de los cylon, especialmente en las dos últimas temporadas de Battlestar Galactica. Ya aquella serie exploró, por activa y por pasiva, todas las implicaciones de la unión. Y llegó, incluso, a conclusiones más interesantes que las que parece apuntar Blade Runner 2049. Así que bueno, el principal punto de la trama ya ha sido contado y explorado antes. Y, para colmo, ahora los replicantes han perdido gran parte de su atractivo por el camino.

3.- Confundir la duración con la profundidad

Una de los pocos datos que trascendieron sobre Blade Runner 2049 antes de su estreno era su desmesurada duración: 164 minutazos que, se lo garantizo, es mejor disfrutar en un cine con butacas cómodas y buena climatización. Porque pesan. Denis Villeneuve, en un afán desmedido de no dejarse absolutamente nada en el tintero (para evitar, supongo, 30 años de montajes del director), es incapaz de distinguir entre información suplementaria y la trama de su película.

Ya hemos hablado de lo accesorio del personaje de Joi, y ella no es más que un ejemplo de lo artificialmente estirado de muchos personajes y escenas. El resultado es que, para cuando uno lleva ya hora y media resoplando sobre la butaca, ni los impresionantes paisajes de Las Vegas post-apocalíptica ni la promesa de que Harrison Ford aparecerá en algún momento disipan la sensación de tedio.

Villeneuve se empeña en conseguir una victoria por desgaste. En intentar convencerle a uno de que su producto es importante porque contiene muchas cosas.”

El primer encuentro entre Deckard y ‘K’ es con un innecesario festival de puñetazos y pasillos vacíos que remiten, de manera inevitable, a los últimos compases de la cinta original, carece de ritmo y de sentido. Y, para cuando ello sucede, Villeneuve ya ha firmado tramos interminables, como la del viaje de ‘K’ al orfanato en San Diego el agónico descubrimiento de la propietaria de los huesos que se encuentran al arranque de la cinta (por Dios, ya sabemos que son de Rachel, no necesitamos darle tantas vueltas).

Uno tendería a pensar que Batman V. Superman (Zack Snyder, 2016) dejó bien claro que la falta de capacidad de síntesis nunca será capaz de mejorar una historia mediocre. Más bien al contrario. Y, sin embargo, Villeneuve se empeña en conseguir una victoria por desgaste. En intentar convencerle a uno de que su producto es importante porque contiene muchas cosas. Cuando, en realidad, lo que deja de manifiesto es que Blade Runner 2019 es una colección de retales, algunos de los cuales son incuestionablemente hermosos, pero cosidos sin demasiado acierto en una colcha monótona y olvidable.

4.- La perfección técnica como fin, y no como medio

Siempre digo que si a lo que aspira Hollywood hoy en día es a generar películas de incorregible calidad visual, Prometheus (Ridley Scott, 2012) es la mejor película de lo que llevamos de década. Si uno no escucha uno solo de sus diálogos, se trata de una cinta sensacional: referencias constantes y bien hiladas a los primeros cuarenta minutos de Alien: El Octavo Pasajero (Ridley Scott, 1979), un tratamiento del espacio y los paisajes que quita el hipo y la genialidad de H.G. Giger alimentando nuestras pesadillas durante un par de horas. El problema viene, ya lo sabemos todos, cuando uno se pone a escuchar los diálogos se da cuenta de que nada de aquello tiene ni pies ni cabeza.

Sé que mi comparación es exagerada: Blade Runner 2049 no es tan absurda y decepcionante como lo fue Prometheus. Pero es, sin duda, el mismo tipo de cinta: una que, consciente de la anemia que aqueja a su guión, elige engatusar al espectador con un diseño de producción que corta la respiración.

Nadie pone en duda que Blade Runner 2049 se va a llevar todos los Oscar técnicos sin apenas competencia el próximo invierno. Y a la banda sonora que ha compuesto Hans Zimmer para ella ni le falta ni le sobra una sola nota. Pero bajo ello hay muy poca cosa: millones y millones de dólares y el único objetivo de impresionar al espectador.

“Consciente de la anemia que aqueja a su guión, elige engatusar al espectador con un diseño de producción que corta la respiración”

Soy la primera a la que una fotografía bien medida o un diseño de producción esmerado le cautivan con facilidad (sin ir más lejos, estos forman parte de los motivos por los que he defendido La Seducción y madre! recientemente). Pero Blade Runner 2049 no es mucho más que una colección de postales. Postales impresionantes, sin duda, pero que tampoco existirían de no contar con el precedente de la película original a sus espaldas.

Blade Runner 2049 nunca dejará la honda huella que Blade Runner dejó en el cine de ciencia-ficción porque el constructo sobre el que se sostienen dichas postales está artificialmente estirado y es endeble.

5.- Una lectura de género vergonzante

Más allá de la intrascendencia del personaje de Joi, me pasé, en mi aburrimiento, gran parte de la hora final de Blade Runner 2049 preguntándome por qué demonios esta película no la ha protagonizado una mujer. Era una pregunta retórica, no me malinterpreten: sin un varón en el centro de la historia nos perderíamos momentos tan kafkianos como el del pseudo-trío entre Ryan Gosling, Ana de Armas y Mackenzie Davis; o el sinfín de puñetazos y cuchilladas que son casi todos sus encuentros con otros personajes.

“¿Pueden las películas de ciencia-ficción protagonizadas por mujeres tener tanto éxito como las que protagonizan varones?”

Pero todo ello nos lleva a preguntas incómodas: ¿sería creíble tener una protagonista femenina enamorada de un elemento de software? Fuera del reino personal del enigmático Niander Wallace, ¿existen replicantes femeninas que no se dediquen al trabajo sexual? ¿Se dejaría caer con tanta ligereza la posibilidad de que la teniente Joshi interpretada por Robin Wright “utilizara” a su replicante de cabecera para algo que no sea retirar a sus congéneres? En resumen: ¿pueden las películas de ciencia-ficción protagonizadas por mujeres como Contact (Robert Zemeckis, 1997) o Arrival (Denis Villeneuve, 2016) tener tanto éxito como las que protagonizan varones?

Robin Wright y Sylvia Hoeks cumpliendo el test de Bechdel

Todas ellas son preguntas que surgen del hecho de que el papel de las mujeres en la película es reducido. Por supuesto que la némesis de ‘K’, Luv, es una mujer. Un “ángel” que no le llega a la suela del zapato, ni en carisma ni en profundidad, al Roy Batty que interpretaba Rutger Hauer en la película original. Y la clave en torno a la cual gira toda la trama resulta ser una mujer. Un personaje que, si bien protagoniza una de las pocas escenas genuinamente emocionantes y enternecedoras de Blade Runner 2049, tiene una participación casi nula en el desarrollo de la trama. Es una especie de objeto que ha de ser protegido y escondido a toda costa.

“Personajes potencialmente fascinantes como Mariette, Freysa o la doctora Stelline quedan poco más que para alimentar el circo de cosas que pasan alrededor de Ryan Gosling”

La exploración de papeles femeninos que hagan algo más que protagonizar con sus senos y sus pezones perfectos los anuncios que ‘K’ contempla embobado cada vez que pasea por las calles de Los Angeles queda supeditada, parece, a las (más que previsibles) secuelas que irán cayéndonos en los próximos años. Mientras tanto, personajes potencialmente fascinantes como Mariette, Freysa o la doctora Stelline quedan poco más que para alimentar el circo de cosas que pasan alrededor de Ryan Gosling durante dos horas y cuarenta minutos.

Si en 1982 Blade Runner tenía un tratamiendo ya cavernícola de sus personajes femeninos (recordemos que Rachel hace poco más que dormir y dejarse acosar por Deckard), que dicha posición no se haya movido apenas milímetros en 2017 es desesperante.

No, en Blade Runner 2049 nadie ha visto naves ardiendo más allá de Orión. Y lo más probable es que todas sus interminables y pedantes escenas se emborronen en nuestras memorias en pocos días para ser recuerdos reales, pero intrascendentes. Todas esas cosas se perderán, como lágrimas en la lluvia.

Blade Runner 2049