6 octubre, 2017. Por

Blade Runner 2049

La secuela que nadie quería o esperaba ha llegado: y no, NO ES una obra maestra
Blade Runner 2049

  1. El escritor

1928: Philip K. Dick nace en Chicago. Sus padres son jóvenes, pobres, inexpertos y pelean constantemente. A los pocos meses, en un accidente doméstico, su hermana melliza Jane Charlotte muere abrasada. El niño se salvó después de estar varios días cerca de la muerte, pero los médicos consiguieron salvarlo. Philip. pasaría toda su vida obsesionado por su hermana muerta: estaba convencido de que su espíritu se había refugiado en su interior y a menudo dialogaba con ella.

1940: Philip K. y su madre viven en Berkeley, California. Se convierte en un lector voraz, sobre todo de ciencia-ficción, aunque no es muy buen estudiante. Padece rachas de agorafobia. Se le diagnostica esquizofrenia.

1948: Trabaja de dependiente y, en su ratos libres, escribe relatos de ciencia-ficción para revistas de la época. Se casa por primera vez, el primero de cinco matrimonios fallidos.


1951:
El joven Dick, que ha desempeñado un sinfín de oficios, decide dedicarse profesionalmente a la ciencia-ficción, un género despreciado y que carecía de la menor relevancia. Obtiene sus primeros éxitos, mientras su vida personal continúa siendo un desastre.

1964: Dick se establece en San Francisco en plena revolución contracultural, donde empieza a experimentar con las drogas, como muchos norteamericanos de su tiempo. Le fascinaba el LSD, pero sobre todo tomaba anfetaminas, que le ayudaban a mantener su demencial ritmo de trabajo. Llegaría a publicar más de cuarenta novelas y centenares de relatos, además de un diario personal que, en fecha de su muerte, sumaba más de ocho mil páginas.

1972: La cuarta esposa de Dick, Nancy, lo abandona. El escritor se ve afectado por la paranoia, cree que el gobierno lo espía (lo que pasado mucho más tarde se descubrió que era cierto), cada vez le cuesta más escribir.

1974: sufre la experiencia que cambiaría toda su vida. Volvía del dentista donde había sido tratado por un dolor de muela. Se encontró con una chica que llevaba un colgante de un pez dibujado. Dick le preguntó qué significaba. La chica le dijo que era el símbolo de las primeras sectas cristianas perseguidas por el Imperio Romano. En ese momento Dick tuvo una revelación. Tuvo un momento de conocimiento total en la cual vio la historia humana entera. Se dio cuenta que la historia no es lineal, sino circular. Que el Imperio Romano aun existía, que esta realidad en la cual vivimos era  una  prisión. La visión persistió por dos meses, en los que llegaron nuevas revelaciones, entre ellas que su hijo recién nacido, Christopher, está gravemente enfermo. Lo lleva al hospital, insiste hasta que los médicos la examinan. En efecto, está muy enfermo. Le ha salvado la vida.

1980: el polaco Stanislaw Lem, el autor de Solaris, uno de los grandes escritores del siglo XX, y gran admirador de Philip K. Dick, trata de invitarlo a visitar Polonia, donde ha promovido la publicación de su novela Ubik. Un delirante Dick creyó que una organización secreta comunista llamada Stanislaw Lem intentaba secuestrarlo y llevarlo al otro lado del Muro. Posteriormente, Lem escribiría el ensayo Un genio entre charlatanes, donde afirma que K. Dick es el único autor norteamericano de ciencia-ficción que merece la pena leer.

1982: Philip K. Dick muere de un fallo cardiaco. Faltan pocos meses para el estreno de la adaptación de su primera obra al cine: Blade Runner.


2. La película original

Philip K. Dick publicó su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? en 1968. No es la mejor de sus obras, pero contiene muchas de las claves del imaginario dickiano, así como una trama casi policíaca en la que la duda acerca de qué es real y qué es artificial es constante. El libroatrajo la atención de Hollywood. Un joven director, Martin Scorsese, intentó hacerse con los derechos, pero no pudo reunir la cantidad requerida. Finalmente, tras casi una década en el limbo, el proyecto revivió a partir de un guión escrito por Hampton Fancher, un guionista novato que jamás volvería a firmar una película importante.

Después de arduas negociaciones, se contrató a Ridley Scott, un joven director británico que había triunfado con su segundo largometraje, Alien. Llevaba bajo el brazo un tebeo llamado The Long Tomorrow, firmado por dos de sus colaboradores de Alien, el dibujante Moebius y el guionista y especialista en efectos especiales Dan O’Bannon, que previamente habían trabajado con Alejandro Jodorowsky en su fallida adaptación de Dune. Otro guionista primerizo, David Peoples (que también escribiría Sin perdón o 12 Monos) se encargó del libreto definitivo. Una incorporación de última hora fue el músico griego Vangelis, que compondría la mítica banda sonora y tendría una relación un tanto tirante con Scott, lo que explica que durante muchos años sólo estuvo disponible en ediciones piratas.

Blade Runner fue un fracaso de crítica y público. Es perfectamente entendible. La película extrae de las obras de Dick un sinfín de conceptos –un futuro dominado por grandes corporaciones, multicultural, policiaco- y los mezcla con una trama noir y una de las historias de amor más desesperadas y bellas de la historia del cine, una mezcla que en la fecha de su estreno no podía ser más desconcertante. La película tiene un ritmo extraño, a veces frenético, a veces contemplativo y lánguido, un ritmo onírico. Al verla uno tiene la impresión de que la película está incompleta, que en gran parte la trama o la biografía de los personajes se intuye o se deja a la imaginación del espectador.

Sin embargo, no fue olvidada. Poco a poco, halló su público, sus admirados. Y en la actualidad es inevitable considerarla junto a Metrópolis de Fritz Lang, Solaris y Stalker de Tarkovsky y 2001, una odisea en el espacio de Kubrick, como uno de los clásicos incontestables del cine de ciencia-ficción.

3. La secuela 

Era inevitable que llegara la secuela de Blade Runner. Ridley Scott, el que antaño fue un gran director, y que ahora es capaz de perpetrar la primera película de Robin Hood aburrida, así como dos aberrantes precuelas (y amenaza con más) de su clásica AlienPrometheus: una incómoda mezcla de imaginería gótica y un desarrollo argumental digno de una obra de teatro del absurdo; y Covenant, un vergonzoso remix de grandes éxitos de la saga de los xenomorfos-, ha fichado a un director ambicioso y capaz, el canadiense Denis Villenueve, que además había probado en el género con éxito con La llegada.

Vuelven los temas dickianos en un futuro aún más oscuro y deprimente, en una L.A. reducida a una sombra de su antigua grandeza. K (el siempre impávido y tristón Ryan Gosling) es un Blade Runner de, digamos, última generación, cuya tarea es, por supuesto, retirar a otros replicantes, siguiendo las órdenes de su jefa (Robin Wright) y que comparte su intimidad con un bellísimo holograma, Joi, con el rostro de Ana de Armas.

Pero algo –algo que se creía imposible- le pone en la pista de un antiguo Blade Runner humano, Rick Deckard, que desapareció misteriosamente Y hace que un genio enigmático de la biotecnología, Wallace (un Jared Leto tan sobreactuado como de costumbre) se interese por él. Su misión le llevará a los páramos que rodean los L.A. y las ruinas de Las Vegas y, por supuesto, se desvelará algo que podrá cambiar para siempre la relación entre hombres y máquinas y…

La secuela que nadie quería o esperaba ha llegado a nuestras pantallas; y hay dos maneras de verla. El más positivo sería en comparación con las previsiones más agoreras. En un año en el que el cine de entretenimiento de Hollywood ha exhibido un nivel abisal, es una película entretenida –aunque demasiado larga- que trata de ser inteligente –aunque lo consigue sólo a ratos- y que tiene su mejor baza en la impresionante conjunción de fotografía, cortesía del gran Roger Deakins y sonido –aunque eso no cubre al completo las obvias debilidades del guión-. La película posee una fuerza visual arrolladora, y esa es la principal, y casi única razón, por la que merece la pena verla en un cine y no aguardar a las inevitables futuras ediciones (aún más) extendidas.

«Blade Runner 2049 es un producto industrial realizado con meticulosidad, pero que carece de la chispa divina del genio que, por algún motivo, tocó a su antecesora»

 

El lado negativo sería compararla con la original. Y en ese sentido solo puede perder. Blade Runner fue un pequeño milagro: la conjunción del trabajo un grupo de magníficos profesiones que se unieron para crear algo irrepetible, y que por esa misma razón fue incomprendido y rechazado. Blade Runner 2049 es un producto industrial realizado con meticulosidad, pero que carece de la chispa divina del genio que, por algún motivo, tocó a su antecesora.

Por así decirlo, Blade Runner 2049 impresiona y, tal vez, merezca ser considerada una de las mejores películas norteamericanas de este año (sobre todo, porque no tiene demasiado con lo que competir). El público y los críticos la aplaudirán, pero no es la Blade Runner de 1982, ni siquiera la Matrix de 1999. Es una película que apenas sorprende, porque describe un mundo que se parece demasiado al nuestro –el de los desastres ecológicos, los clones, las inteligencias artificiales, las experiencias místicas basadas en drogas misteriosas-: el mundo de Philip K. Dick que, después de la muerte del autor, no ha dejado de crecer, de multiplicarse a nuestro alrededor, de envolvernos.

Y desde alguna parte, el escritor nos sigue observando en párrafos como aquel que escribió:

«Soy un filósofo que ficcionaliza, no un novelista; mi habilidad de escribir cuentos y novelas es utilizada con el fin de dar forma a mis percepciones. El centro de mi escritura no es el arte sino la verdad. Por lo tanto lo que yo cuento es la verdad, y sin embargo no hay nada que pueda hacer para aliviarla ni por hechos o explicaciones.»

 

Blade Runner 2049