11 abril, 2017. Por

Blackbird

Una historia de amor que difumina los límites de la moral
Blackbird

“Blackbird fly, blackbird fly, Into the light of the dark black night…”, cantaban los Beatles. Ahora otro pájaro negro intenta encontrar la luz en la oscuridad. Blackbird un texto escrito por el escocés David Harrower que, después de haber sido representado en medio mundo (el interés que despierta queda patente en los nombres involucrados en los proyectos: en Broadway fue protagonizado por Jeff Daniels y Michelle Williams y a Barcelona llegó otro, del que os hablamos hace cuatro años, dirigido por Lluis Pasqual) llega a Madrid de la mano del Teatro Kamikaze y del Festival de Otoño a Primavera, dirigido por Carlota Ferrer y protagonizado por Irene Escolar y José Luis Torrijos.

Ella, Una, joven que llega al lugar de trabajo de él para ajustar cuentas con el pasado. O eso es lo que creemos. Él, Ray, un hombre de mediana edad, que recibe la visita de ella como si de un seísmo se tratara. Hace más de una década ella tenía 12 años. Él 40. Una relación prohibida. Él fue juzgado. Ahora vive en otra ciudad y con otro nombre. Ella también fue juzgada (aunque no de la misma forma que él). Nunca cambió de nombre ni de ciudad.

Blackbird es una de esas funciones que cuando sales del teatro todavía sientes escalofríos. Literal. El texto: brutal, sólido como una roca, complejo, arriesgado. Harrower dibuja dos personajes fascinantes, los dos con un lado oscuro que se va iluminando mientras avanza la función (la dosificación de la información por parte del autor es magistral). La verdad es que con este texto ya se juega con ventaja. Aunque la óptica que presenta pueda remover y más de uno no estar de acuerdo con que siquiera se planteen ciertas posibilidades. Porque la manera en que Blackbird trata un tema tan espinoso como éste (el de la relación de un hombre con una menor) conmociona.

Blackbird es un thriller y una historia de amor que difumina los límites de la moral. Un montaje duro y poético (la dureza viene por el texto, el lirismo en gran medida gracias a la puesta en escena de la directora) que se puede decir, desde ya, que es uno de los mejores de la temporada. Carlota Ferrer decide plantear una primera parte austera, seca en todos los aspectos, basada únicamente en la palabra y los intérpretes, con un auténtico duelo que acaba desembocando en una segunda parte con dos monólogos que incluyen pinceladas de música en directo y danza contemporánea. Hay que reconocer que cuando José Luis Torrijos coge la guitarra podía perderse todo lo que se había conseguido con anterioridad, pero nada más lejos de la realidad: ese Angels que se marca es un momento mágico en el que se detiene el tiempo. Al igual que la coreo posterior de ambos, de una sencillez y lirismo estremecedores.

Ese pequeño pueblo, maqueta de casitas de pájaros es un elemento perfecto para crear la atmósfera del espectáculo, así como el diseño de iluminación y proyecciones. Todo enmarca la labor de una (extraña) pareja que te hace temblar de emoción con dos interpretaciones magistrales. El Ray de José Luis Torrijos, contenido, cauteloso, es un auténtico prodigio en su composición, sencilla y sin aspavientos. Un personaje tremendamente complicado éste, además. Como complejísima es esa Una, que Irene Escolar defiende con uñas y dientes, y que llena de una emoción y desesperación que se te clavan en el alma. Dos auténticos monstruos, que hacen que este montaje no tenga nada que envidiarle a los de Broadway o el West End londinense.

Hay que decir que pocas veces hemos visto a un público tan sumamente atento en una función como en este estreno (absolutamente nadie se movía en el patio de butacas). Y es que el canto de este pájaro de alas rotas se te incrusta dentro. Y su vuelo hacia la luz desde una oscuridad insalvable provoca escalofríos. “Blackbird singing in the dead of night, take these broken wings and learn to fly…”

Blackbird