31 mayo, 2018. Por

Barcelona 92

Un escénico y nostálgico retrato de unas olimpiadas
Barcelona 92

Una cama, dos o tres sillas sobrias y una mesa que ya ha visto muchos veranos. Un taxi destartalado con el escudo del Atlético de Madrid y atestado de revistas, entre las que destacan aquellas con las páginas manchadas de amor. Casetes usados para esnifar polvos mágicos, fiambreras de comida casera, Cobi, Nirvana, teléfonos del tamaño de un ladrillo y muchas flores.

En Barcelona 92 se encuentran todos estos elementos, aderezados con una huella nostálgica noventera. De aquello que se fue y no volverá. Aquel pensamiento que puebla nuestras cabezas y nos insta a valorar el presente, porque sabemos a ciencia cierta que, una vez se haya convertido en ayer, nos daremos cuenta que pudimos haber aprovechado mucho más aquello que teníamos. No me refiero a idealizar el pasado y demonizar el presente, no. Se trata de valorar aquello que tenemos antes de perderlo, para poder así exprimir el jugo de la fruta que tenemos delante aquí y ahora. Hablo de la manzana. De Eva y su pecado. De vivir, de jugártela y dar rienda suelta a tu instinto.

“[En la obra] Vemos una España con múltiples facetas, con toneladas de aspectos diferentes y representada en personajes tridimensionales que nos ayudan a entender un poquito más cómo era nuestro país en los noventa y cómo sigue siendo hoy día”

Barcelona 92 es una obra de teatro que juega con las sutilezas del lenguaje. Está plagada de metáforas en su texto y mensajes subliminales. Durante la obra, vemos la interacción entre diferentes personajes de toda índole, con el escenario de las olimpiadas de Barcelona en 1992. Vemos una España con múltiples facetas, con toneladas de aspectos diferentes y representada en personajes tridimensionales que nos ayudan a entender un poquito más cómo era nuestro país en los noventa y cómo sigue siendo hoy día. Porque aunque hayan pasado más de veinte años, España sigue siendo la misma. Con un uso de prejuicios y estereotipos de forma certera, el texto dibuja una radiografía social clara de nuestro país. Con sus colores, pero también con sus sombras. Huelga decir que tenemos la suerte de poseer un carácter a prueba de las penurias más extremas y que somos un pueblo que enfrenta el dolor con el humor. Aspectos que se encuentran insertados en nuestra genética social. Pero también somos el país de Rinconete y Cortadillo. De la picaresca que nos representa tanto como la rojigualda, nuestro sol, y sobre todo nuestras diferencias. Porque España es un país de contrastes, de norte a sur. Y en ellos está nuestra riqueza.

Y es que Barcelona 92 hace uso de todas estas características, usadas en clave de comedia, para transportarnos al pasado y rememorar esos tiempos donde aún la globalización no había calado del todo en España. La interpretación de sus personajes destaca prodigiosamente en personajes como el de Alba Sánchez o Luis Miguel Jara. Una mujer en mayúsculas infravalorada por un hombre del que no puede desengancharse, en busca desesperada de sentirse viva y un taxista que enfrenta su rutina y soledad conduciendo por la vía incorrecta.

Esta obra nace del esfuerzo de su autor y director, Emmanuel Medina, que ha reunido el talento de jóvenes actores y actrices para dar vida a personajes muy dispares entre sí. Con un hilo conductor en forma de música lleva estrenándose en los Teatros Luchana durante todo el mes de mayo y auguro que por mucho más. Una música de la que hablaba que bebe del aura de una década, la de los noventa, y que se titula como la obra. Una composición original de Juan Debel, que aporta su granito de arena a este proyecto que habla del ayer, pero que representa el mañana, el futuro brillante de una nueva generación. Una cantera de autores y actores y actrices que tienen mucho que contar y más por lo que brillar. Porque vienen pisando fuerte, mascando tabaco, corriendo como atletas olímpicos y dándose amor en un colchón donde tres no son multitud.

Barcelona 92 utiliza el enclave cómico para transportarnos al pasado y rememorar esos tiempos donde aún la globalización no había calado del todo en España”

Barcelona 92 te va a conquistar porque su navaja nunca fue pensada para cortar piel, sino fruta. Porque te enseña que los prejuicios nunca fueron bien infundados y porque las tabletas de chocolate blanco son un arma de doble filo. También porque las flores tienen su significado, que evocan un sentimiento puro, pero que son efímeras y debemos apreciarlas mientras duran. Pero sobre todo, te va a gustar porque representa que nuestro camino lo trazamos sólo nosotros y que nadie más puede forjar nuestro destino. Somos dueños de nuestras elecciones y aunque acabemos entre rejas, o detrás de un volante toqueteando un taxímetro, podemos decidir.

Te vas a reír, vas a sonreír y van a jugar con tus expectativas. Los minutos pasarán volando y cuando menos te lo esperes, estarás bajando de nuevo esas escaleras de los Luchana, preguntándote qué carajo ha pasado. No te preocupes, se llama resaca cómica. Observando a los espectadores, todos tan dispares como los mismos personajes que acaban de disfrutar, se puede observar un elemento en común; todos sonríen. Y ahora te pregunto a ti, ¿no quieres sonreír?

Barcelona 92