16 octubre, 2017. Por

Barbados, etcétera

Entre el romanticismo más desaforado, el esperpento y el paraíso
Barbados, etcétera

“Así que… son… una pareja… típica. (…) Hablan. Respiran el mismo aire. Ven programas de entretenimiento. Hablan. Inventan historias. Hablan. Hacen el amor. Escurren la lechuga en el escurridor de lechugas. Hablan. A veces escuchan ruidos que vienen de fuera…”

Una pareja (a)típica: Fernanda Orazi y Emilio Tomé. No hacen apenas otra cosa que hablar, sobre esas cosas que vienen de fuera (y de dentro). Ella acompaña sus palabras con los subrayados de sus manos, reforzando de manera artificial, casi coreográfica, su discurso. Apenas mira al compañero, centrada en su ensoñación, y cuando lo hace, lo hace con extrañeza. Él, hierático, pero con una naturalidad que contrasta con la actitud de ella, interroga acerca de las reconstrucciones que ella genera en su mente.

“El texto de Remón, lleno de detalles deliciosos y reiteraciones en un juego continuo, se apoya en unos intérpretes magníficos que llevan las palabras al punto justo de distancia, extrañamiento y emoción para atrapar al espectador”

 

Esto es Barbados, etcétera, recién estrenada en el Pavón Teatro Kamikaze. Lo nuevo del autor y director Pablo Remón. Quien, después de La abducción de Luis Guzmán y 40 años de paz, se confirma como uno de los dramaturgos más interesantes del panorama escénico actual. El espectáculo, con ecos más que reconocibles de Harold Pinter (desde el afinado uso del lenguaje, pasando por la cotidianeidad con ecos del absurdo, hasta los deslices de la imaginación y la memoria) nos presenta tres historias narradas por esta pareja. Que podrían ser independientes o no.

La delirante (a medio camino entre el romanticismo más desaforado y el esperpento) historia del amor desmedido de un tapicero por una clienta, el despertar a la sexualidad a través de la fantasía de una niña de once años en un sueño intergaláctico con Joey Tempest (el de Europe) como protagonista. Y entre el romanticismo y la ensoñación, la realidad de una pareja que se desmorona. Y Barbados como un punto lejano de referente paradisíaco a donde, acaso, poder escapar.

El texto de Remón, lleno de detalles deliciosos y reiteraciones en un juego continuo, se apoya en una puesta en escena reducida a la esencia, concentrada, sin apenas acción física pero de extrema elegancia. Y sobre todo en unos intérpretes magníficos que llevan las palabras al punto justo de distancia, extrañamiento y emoción para atrapar al espectador.

Fernanda Orazi está sencillamente sublime. Y quien diga lo contrario se ha vuelto loco. Su composición, una vez que se ha entrado en el código que utiliza, es fascinante, hipnótica. Hay que verla. Y Emilio Tomé, aunque irremediablemente no llegue a destacar tanto como su compañera, pone el contrapunto perfecto. Sobre todo en ese onírico final en el que la esperanza lucha contra la realidad (“en el que estaremos bien”) y consigue que lleguemos a ver una mágica tortuga. Sí, porque, “como todo el mundo sabe, debajo, sosteniéndolo todo, está una tortuga”.

Barbados, etcétera