18 octubre, 2018. Por

Babasónicos

De todo lo que es ‘discutible’, hay algo que no: Babasónicos es lo mejor del pop argentino de los últimos 25 años
Babasónicos

De todas las cosas ‘discutibles’ en el universo babasónico, hay algo que no: junto con Café Tacvba, Babasónicos es el único grupo latinoamericano en estas últimas tres décadas que ha sabido reinventarse con solvencia; que ha disparado tantas veces contra sí mismos saliendo fortalecidos de esa mutilación; que se ha superpuesto a las tragedias; que ha conseguido estar tan cerca del encanto de lo popular como del beneplácito de la vanguardia; y, sobre todo, ninguno ha conseguido algo que debería ser central en cualquier artista que se precie de serlo: en vez de presentar respuestas, plantear preguntas.

“La pregunta es: ¿quién va a defendernos de Babasónicos? La respuesta: los propios Babasónicos”

Discutible parece una oda explícita al cuestionamiento constante. Abrir debates que sirvan de fuegos amigos (o como herramientas de disputa) es el motor en el que se ha cimentado la obra de la banda de Lanús: desde aquellos primeros y kamikazes álbumes en los que exploraban con una psicodelia zappiana que se fundía con el surrealismo de la rocktrónica, la ambigüedad de género y la política más sarcástica; hasta los argumentos pop con los que conquistaron a la masa eludiendo nichos, jugando al despiste consigo mismos y firmando algunos de los grandes himnos generacionales del rock alterlatino; hasta una etapa de madurez que, tras algunos vaivenes (sus tres últimas e irregulares producciones: sobre todo, A propósito y Romantisísmico; aunque en Mucho bajaron algo el nivel de lo que venían haciendo), encuentra su mejor versión, más radicalizada, impredecible y punzante que nunca.

En su décimo segundo ejercicio discográfico, en el que se tomaron un hiato de cinco años en el que aprovecharon para publicar directos o regodearse en los descartes del icónico Jessico, Adrián Dárgelos y sus compinches han conseguido nuevamente patear su propio tablero a nivel sonoro, pero también conceptual: diez canciones que discuten y cuestionan todo, quizá en tonos más reposados y menos urgentes, eludiendo la inmediatez del hit (algo que abrazaron en su trilogía animal: Jessico, Infame y Anoche; pero que ya anticipaban en Miami) y, vaya sorpresa, encontrándose con unos cuantos antihits que mutan en hit para quienes quieran reconocerlos como tales.

En una era musical en la que el “imperio del ritmo”, la repetición y la conquista en los diez segundos de reproducción de cada canción han sentado un gobierno de facto que será difícil derrocar, Babasónicos se lo toman con calma. Del mismo modo que Adrián Dárgelos sigue eludiendo desde una curiosa cercanía mística, y desde una distancia total de pertenecer a nada en concreto, a casi treinta años de que diera su primer concierto. Una rara avis que evade lo terrenal para levitar en un campo donde es imposible clasificarlo: cuando uno está a punto de hacerlo, se encuentra con una nueva pregunta. Porque ese es el camino que han decidido tomar: el de pocos (y efectivos) estribillos y mucho subtexto.

“‘Discutible‘ parece una oda explícita al cuestionamiento constante. Abrir debates que sirvan de fuegos amigos (o como herramientas de disputa) es el motor en el que se ha cimentado la obra de la banda de Lanús: en su etapa de madurez encuentra su mejor versión, más radicalizada, impredecible y punzante que nunca”

Hay más de diez debates que abren en La Pregunta, mientras juegan con la indietrónica más tenebrosa en una especie de Twin Peaks bonaerense; hay una reflexión cis-género en un nuevo abrazo a la ambigüedad y el sarcasmo (Trans-Algo); se ponen romanticones jugando a ser robots funkis en una canción melódica negroide (Ingrediente); se nos presenta a un Dárgelos que se parodia (en Bestia pequeña) a sí mismo haciéndose el gallego (“tal vez sea algo mejor o algo peor”); firman un bolero posmoderno y futurista que rompe el medio tiempo rockero (Partícula); se acercan a las guitarras de Angelo Badalamenti en una balada repleta de aire (Adiós en Pompeya) y con más preguntas (“¿Pretender salir? La cuestión es entrar”); lanza, con voces hendidas en vocoder a lo Daft Punk, unos cuantos dardos a la crítica musical (“esta ciudad está llena hasta el techo de teóricos de rock: no necesito escuchar nada de eso”, cantan en Teóricos); lanzan un dardo rockandrollero a los decepcionados con su obra (“esto no es el festival de la canción donde festejan y aplauden”, cantan en Cretino); componen una suerte de cara b de Soy Rock en la canción más puntiaguda del disco (Orfeo); y hasta se acercan al Gustavo Cerati de Amor amarillo con una reflexión que aniquila preguntas y respuestas (“No existe un mundo donde todos piensen como vos, acostumbrate. ¿Desde cuándo sabés quién es cada quién?”, lanzan en Un pálpito).

La pregunta es: ¿quién va a defendernos de Babasónicos? La respuesta: los propios Babasónicos.

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