23 marzo, 2017. Por

Autogestión

Culos, cuadros quemados y cintas de vídeo
Autogestión

“Quiero asesinar la pintura”, decía Miró a finales de los años veinte para expresar su idea de que la pintura era algo más que el caballete, los lienzos y los pigmentos, en una búsqueda de lo más primario. Años más tarde, el artista ya octogenario quemaba sus lienzos armado con soplete y gasolina, ejerciendo su voluntad como artista creador y destructor. Gustav Metzger, impulsor de una fracasada huelga general de artistas, pintó con ácido sus telas destruyéndolas al mismo tiempo que las creaba. En 1966 organizó en Londres el Destruction In Art Symposium en el que afirmaba que el arte debía tener programada su autodestrucción para evitar ser instrumentalizado y que el mercado o agentes externos controlaran su significado. Estos y otros ejemplos del control que los propios artistas han tomado sobre aquello que crean, dan forma al tema principal de la muestra Autogestión, que podrá visitarse hasta el 21 de mayo en la Fundació Joan Miró.

La exposición da cuenta de una larga estirpe de artistas que desde los sesenta hasta hoy han desarrollado estrategias para retomar el mando sobre la esencia de sus obras. Esta muestra también es un intento por comprender el arte actual y corroborar que estas dinámicas de autogestión debidas al abaratamiento de los costes de producción o la crisis institucional, siguen en vigor. La autogestión está vinculada también a una voluntad de los artistas a no ceder la explicación de su obra a una interpretación externa y reclamar la gestión de sus auténticos recursos: el deseo de decidir sobre su propia producción. Por ejemplo, Miró era consciente de que ese incendiario acto semipunk, de rebelión, sería asumido por el mercado del que él se reía. Pero lo que estaba haciendo realmente era revindicar su derecho a la trasgresión.

No obstante, Si tras el gran Duchamp y su “Fuck you” a la comunidad artística internacional, cualquier cosa puede ser arte; y si después de Beuys cualquiera puede ser artista -recuerda el comisario Antonio Ortega-, aquí hay artistas que renuncian a posiciones excluyentes que ponen barreras al acceso a su producción y gobiernan así ellos mismos el modo en que esta llega al público. La idea es tener la posibilidad de charlar u observar sin dejar opción a la manipulación del significado, controlando así el uso que se hace de su obra, y jugando al mismo tiempo con los límites del arte. La muestra incluye obras de artistas como Esther Ferrer, Joan Hernández-Pijuan, Michelangelo Pistoletto, Sílvia Gubern, Cesare Pietroiusti, Jiri Kovanda, Henk Peeters o François Curlet, Yoko Ono o Fluxus, trazando una línea que parte de las prácticas do it yourself desde los artistas pioneros de los años sesenta hasta hoy.

Mediante estrategias de autogestión, estos artistas han tomado el control de sus obras, así como de la emisión y la recepción de las mismas, resultando en nuevas formas de relacionarse con el sistema artístico y apropiándose de la autoridad sobre el sentido, manejándolo ellos mismos. De este modo, veremos cosas de lo más variopintas: desde Huevo de coche, de François Curiet, hasta la curiosa colecta de objetos cutres Cien cosas que no son arte en absoluto, de Cesare Pietroiusti con aportaciones de vecinos del barrio del Poble-Sec, como una cuna, una nuez, una pinza de tender o un DVD de El talento de Mr. Ripley, que juega con la sorpresa de subir a una tarima unos calcetines de deporte usados siguiendo la estela del urinario duchampiano y convirtiendo su propuesta en un auténtico festival trash, pasando por un hipnótico vídeo de culos humanos de Yoko Ono que dura nada menos que 80 minutos.

Se habla mucho del empoderamiento del artista y esto nos hace preguntarnos por el futuro de la autogestión. La palabra, especialmente tras el 15M, nos lleva a pensar en espacios autogestionados por la comunidad, como algo colectivo. Pero a nivel individual, los artistas de hoy, apunta el comisario, han llegado a ella de forma natural, un 60% de ellos trabajan así. Con la crisis económica y la de la institución artística, las nuevas tecnologías e internet del siglo XXI les permiten difundir directamente su obra; todo el mundo puede hacer arte y las fronteras entre lo profesional y lo amateur se han desvanecido. Quizá esto nos lleve poco a poco a la mutación del arte hacia caminos más populares, más accesibles, hacia un pensamiento más crítico. ¿Estaremos por fin en la era de la desacralización del arte?

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