30 septiembre, 2011. Por

Instagram

El síndrome de la foto soñada
Instagram y el síndrome de la foto soñada
Instagram

Hace pocos días se lanzaba la versión 2.0 de la popular aplicación de fotografía Instagram. Su uso está creciendo espectacularmente porque representa lo más parecido a la pequeña revolución que supuso en el siglo XX la popularización de la instantánea con las cámaras Polaroid. Dos tecnologías que tienen en común la sencillez de uso y el lograr que muchas personas hayan comenzado a hacer fotos por primera vez en su vida. La renovación de Instagram trae consigo la novedad de que ahora podemos ver en la pantalla del iPhone antes de hacer la foto el efecto que producen sus populares, y controvertidos, filtros de estética retro. También es nueva la función de grabar en alta resolución la imagen ‘tuneada’ que creamos para poder imprimirla después. 

El auge de este software se debe a que sus creadores han sabido combinar dos cosas que parecían destinadas a ir de la mano: la conexión móvil a la red y la fotografía hecha con una cámara que llevamos siempre en el bolsillo. Lo difícil era encontrar la fórmula con la dosis adecuada de ingredientes para que el cóctel tuviese éxito. La característica clave de Instagram es que las imágenes que capturamos con la aplicación y enviamos a la red se componen de apenas un puñado de píxeles. Un pequeño mosaico que muestra un retazo de realidad, una imagen de baja fidelidad de nuestro mundo pensada para ver en una pequeña pantalla -y no tanto para ser impresa a pesar de que ya podemos hacer libros con ellas-. 

Pero precisamente esa ligereza en bits permite la transmisión de las imágenes a internet con una velocidad endiablada. Algo que es importante porque se logra que al poco de pulsar el disparador la foto pueda ser contemplada en la red. No es exagerado decir que Instagram se ha convertido en la primera tecnología de fotografía ‘en directo’ usada por el gran público. Eso explica que el día que Justin Bieber colgó su primera foto en la red social de la aplicación aumentase espectacularmente el número de usuarios. Cuando un fan ve una foto del cantante disparada con Instagram sabe que seguramente acaba de ser realizada, por lo que la expectación que conlleva el efecto ‘reality’ está garantizada… en el caso de Bieber y de cualquier usuario. 

Que fotógrafos aficionados y profesionales usen cada vez más las tecnologías de fotografía digital ‘lo fi’ –Instagram no es ni mucho menos la única herramienta que explota esa característica- está provocando que la naturaleza de las fotos con las que contamos la historia visual, privada y pública, del siglo XXI esté cambiando. ¿Por qué estamos teatralizando el presente al pasarlo por el filtro estético del pasado? 

Imágenes soñadas 

El pasado verano realicé un pequeño experimento fotográfico con cierta picardía. Tras probar Instagram en el iPad me sorprendió, como a tantos otros, el parecido de las imágenes que lograba con las imágenes disparadas con cualquier modesto equipo analógico y reveladas en una tienda de barrio. Así que decidí disparar un puñado de imágenes con una cámara estenopeica de juguete y otra desechable comprada en un bazar chino, las revelé y las colgué en Instragram sin aplicar ninguna clase de filtros. Para identificarlas usé la etiqueta #instagramfake. A pesar de la advertencia algunos de mis contactos picaron y pensaron que las había disparado con la aplicación. Y es que la baja fidelidad de los equipos fotográficos en color para aficionados en la segunda mitad del siglo XX hizo que nuestros álbumes privados se llenasen de fotos que parecían sueños desvaídos. 

En cambio con la llegada de la imagen digital nuestros discos duros se llenaron de gigabytes de fotos con mucha más definición de la que muchos necesitaban. En un primer momento la abundancia no le pareció mal a nadie. El color era más fiel, las imágenes permitían ver hasta el último detalle de la piel de un retratado y muchos aficionados se hicieron cada vez más y más exigentes con la calidad de sus equipos. Y así continuaron las cosas hasta que se produzco cierto hartazgo y llegó el iPhone –elegido por la tienda Adorama como una de las 14 cámaras más influyentes de la historia-. Con él los que hacen fotos con un teléfono empezaron a mostrarlas al mundo sin complejos. 

El producto estrella de Apple ha contribuido a que hoy nos encontremos con la vertiginosa cifra de que el 20% de las fotos que se hacen en todo el mundo terminan en Facebook, como informaban en el blog de la plataforma 1000 Memories. Pero también ha sido el caldo de cultivo de Instagram y el auge de la fotografía digital de baja fidelidad. Los teóricos de la información dividen las imágenes en cuatro grupos: las mentales, que son las que surgen en nuestras ideas y sueños; las naturales, que son las que captamos con nuestros ojos; las creadas, aquellas que son construidas y de naturaleza inventada; y las registradas, que son aquellas en las que grabamos en un soporte una representación del mundo. A esta última categoría pertenece la fotografía. 

En la fotografía amateur hasta ahora las imágenes que captábamos con nuestras cámaras eran casi siempre un reflejo de las imágenes del mundo material. Sólo algunos fotógrafos con intenciones artísticas intentaban representar en sus fotos las imágenes mentales de nuestros pensamientos y ensoñaciones. Pero de repente los aficionados empezaron a comprar cámaras analógicas de juguete y experimentaron con ellas para representar el mundo como si fuese el escenario de un sueño. Así surgieron cosas como el libro Hurricane Story, creado por una fotógrafa amateur que con una cámara Holga y algunas maquetas narró la historia de cómo su familia abandonó Nueva Orleans al llegar el huracán Katrina. Un compendio de imágenes oníricas con las que la autora plasmaba sus recuerdos de la experiencia. 

Imitar la tecnología analógica más modesta y su estética atemporal, de recuerdo en proceso de borrarse, es una gran baza en tiempos de incertidumbre como los que vivimos. Así pues la tribu de los ‘instagramers’ ha encontrado en la herramienta un medio para vivir el presente como si se tratase de un pasado fingido.

 

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