7 febrero, 2017. Por

¿Qué es un museo?

¿Para qué sirven los museos y cómo deberían ser en el futuro?
¿Qué es un museo?

¿Qué buscamos cuando vamos a un museo dedicado al arte? Para responder esta pregunta lo primero que tendríamos que tener claro es lo que es un museo; aunque sea simplemente para uso personal. De hecho, ¿sabemos en qué se diferencia de un zoológico? La RAE no da demasiadas pistas: “lugar en que se conservan, cuidan y a veces se crían diversas especies animales para que sean contempladas por el público y para su estudio”. A primera vista, lo único que diferencia un museo de un zoológico es que en el segundo los elementos que exhibe tienen la capacidad de reproducirse.

Una definición de ir por casa para el concepto ‘museo’ sería la que propongo: el museo es ese lugar que todos descubrimos por culpa de la escuela o de unos padres con inquietudes. Unos, no sé si muchos, ya de mayores habremos continuado acudiendo a estos lugares de forma habitual y, otros, no sé si pocos, los habrán visitado tan solo cuando han pisado ciudades que no son la suya porque es lo que la guía turística ponía que tocaba hacer. Aún existe un tercer grupo, no sé si formado por pocos o muchos, que no habrán tenido interés en ir a ese lugar ni fuera de su ciudad. Es decir, más o menos lo mismo que sucede con los zoológicos.

“Los museos actualmente son una institución anticuada en la que los artistas exponen obras de arte enmarcadas y colgadas en paredes o peanas. Ya se ha expuesto suficiente obra así. Como no hay la opción de eliminar el concepto ‘museo’, hay que transformarlo. Un museo debe ser todo: la calle, tu casa, la frutería o el bar”, dice Abel Azcona, performer que ha expuesto alrededor del mundo. Un museo es un lugar en donde se depositan piezas o formas que permiten, en su sentido más académico, la presentación de cierto conocimiento acumulado. Por ello creo muchas veces la función del museo como lugar de espectáculo ha sido desastrosa para la identidad del mismo. Al igual que Benjamin, creo que los museos deberían ser visitados solo de noche y deberían ser lugares de misterio y descubrimiento. Ahora tengo en la mente la imagen del armario que aparece en Las crónicas de Narnia. Eso es un museo, no una discoteca o centro de eventos, no la pasarela de lo cool que son los ‘contraculturales’ o los ‘neofascistas’ del momento”, explica Luis Guerra, artista multidisciplinar chileno que reside en Barcelona.

El concepto ‘museo’ nació en el año 1683 con la creación del Ashmolean Museum, situado en Oxford, y que es –aún sigue en funcionamiento- un museo universitario de arte y arqueología. Desde entonces, el número de museos en el mundo no ha parado de crecer hasta llegar en 2014 –según el directorio Museums of the World, publicado por De Gruyter– a más de cincuenta y cinco mil repartidos en 202 países. “Para mí un museo es un espacio de estímulos, como una librería o una biblioteca. Contiene puertas de entrada a mundos distintos. Es un organismo vivo. Es una red que negocia y conversa con otras redes”, dice Jorge Carrión, escritor y crítico cultural. “Un museo debe ser el gran archivo del periodo/tema que sea su objeto. Además de su conservación, sobre ese archivo el museo debe ofrecer interpretaciones múltiples y diversas y, de continuo, debe renovar sus vínculos con la Sociedad”, opina Rocío de la Villa, profesora universitaria de Estética y Teoría del Arte, investigadora y crítica de arte. “El museo, en realidad, es un espacio intertemporal, donde los tiempos de la obra de arte se enlazan -o chocan- con los tiempos de los espectadores”, considera Miguel Ángel Hernández, escritor y profesor de Historia del Arte.

El documental que con más acierto ha reflexionado sobre la función que debe hacer un museo es el National Gallery de Friedrick Wiseman, que se pregunta desde si la institución debe colaborar con una carrera atlética que ha decidido poner la meta frente al museo a la enseñanza e información que deben dar los guías a los visitantes, pasando por hasta qué punto es conveniente restaurar una obra. La pieza de Wiseman está inspirada en la pionera en este campo, La ville Louvre de su maestro y amigo Nicolas Philibert, que salió a la luz en el año 1990 y que se centró en mostrar el día a día en las bambalinas del museo –se empezó a grabar sin permiso- hasta tener la impresión de que en vez de en uno de los museos más prestigiosos del mundo nos encontrábamos en una mina. Un museo no debe ser marco de enaltecimiento para los negocios de los artistas y galeristas que necesitan de mejor y mayor vitrina, no puede ser repositorio de las vanidades de ningún sector cultural, político o social”, sigue explicando Guerra. “El público tiene que salir transformado después de entrar en un museo. No se puede permitir que no salga transformado después de que haya gastado su tiempo en ir allí”, sentencia Azcona.

¿EXISTE ‘EL BUEN MUSEO’?

Quizá, para ejemplificar lo dicho hasta ahora, es el momento de mostrar ejemplos de museos que lo están haciendo bien. Pero nuestros entrevistados no se acaban de poner de acuerdo. Soledad Lorenzo, una de las galeristas más importantes de las últimas décadas en España, opina que un claro ejemplo de buena gestión es el Museo Reina Sofía. “Está realizando un trabajo que para mí es excelente. En mis viajes he sentido que los museos de Nueva York y París que fueron importantes en el pasado se han quedado paralizados. Con el Reina Sofía, en cambio, ha sucedido todo lo contrario porque se ha realizado en este presente y lo apoya un criterio actual muy inteligente que se basa en la inteligencia de la mirada”. Esta opinión contrasta con la de Azcona, quien continúa desarrollando su crítica hacia el concepto ‘museo’ que impera en la actualidad. “El Reina Sofía es el museo carca y anticuado por antonomasia. La fuerza la tiene que poner la obra, no el edificio donde está expuesta. El arte contemporáneo debe ser crítica social y política, y el museo tiene que destrozarse”. Aunque también tiene palabras para criticar otros museos que, en teoría, son más alternativos. “Hay museos que se atreven a ir más allá, pero después, en muchos casos, descubres que solo se mueven en el ámbito del amiguismo. Y la mayoría de museos tienen su cuota transgresora del diez por ciento en la que hasta incluyen performances, pero su esencia sigue siendo la misma de siempre”. Él, para combatir este panorama que describe, ha decidido contactar con los ayuntamientos de las ciudades en las que va a exponer con la intención de que le cedan un espacio abandonado que adecúa para exponer su obra. Como hizo en la fábrica Chartreusse de Tarragona.

Por su parte, Carrión sigue por la senda de Lorenzo. “Me interesa mucho cómo se están dirigiendo ahora mismo el Reina Sofía y el MNAC, generando nuevos discursos de la historia del arte y proponiendo una gran conversación con los distintos públicos. Valoro también que el Prado y el Thyssen hayan incorporado el cómic a sus modos de relatar, como ya ocurrió en Francia con el Louvre. En términos internacionales, he seguido la programación del MALBA y la Fundación Proa de Buenos Aires y me parecen ejemplares”.

Hernández, quien dirigió el CENDEAC de Murcia, el Research Fellow del Clark Institute de Massachussets y el Society Fellow de la Society for the Humanities de la Cornell University, pone sobre la mesa la finalidad turística de los museos que aparece en la tercera acepción en la RAE. “Cuando el museo se espectaculariza y se convierte en lugar de peregrinación turística o en mera atracción de feria, se anula la potencia del arte y se convierte la obra -o el conjunto- en souvenir, puro entretenimiento sin capacidad de afectar a nuestra vida. Creo que casi todos los grandes museos caen en esa espectacularización. Ninguno se salva de ello. Desde el MoMA al Prado, pasando por el Louvre o el Reina Sofía”.

Entonces, ¿con cuáles se queda? “Quizá los pequeños museos, o los museos más especializados, puedan ser ejemplos de trabajo más efectivo. Pienso, por ejemplo, en la Fundació Tàpies, que siempre la he considerado un modelo”. En cambio, De la Villa destacaría el conjunto Tate y el Moderna Museet. Coincide con ella Juan Gómez Alemán, creador  de La Juan Gallery, la primera galería de arte especializada en performance de España: “La Tate Modern es un ejemplo de buena gestión. Sobre todo en el tema de generar un espacio abierto al visitante y en trabajar desde la horizontalidad. Mezcla artistas consagrados con artistas recién salidos de la universidad; tiene experiencias para todos los públicos. Cuando entras en la Tate Modern sientes que funciona, que es un museo vivo”. Y Guerra pone como ejemplos de buen sistema de funcionamiento el de los Kunsthall de Alemania y Noruega, Lo Pati en Amposta y el MoMA y el Yerba Buena Art Center de San Francisco.

UN ANTIMUSEO PARA DESMERCANTILIZAR A LOS MUSEOS

El artista Marcel Broodthaers criticó a los museos desde dentro de los museos y hasta los ridiculizó con la creación del Musée d’Art Moderne. Départame des Aigles, el antimuseo del cual se autoproclamó director para mostrar que la institución ‘museo’ se estaba poniendo en manos del mercado y se había olvidado del resto de los valores del arte. Este museo ficticio llegó a hacer doce exposiciones temporales –él mismo fue el comisario de todas ellas- entre 1968 y 1972 que estuvieron cobijadas por una ruinosa área financiera y por los departamentos, entre otros, de publicidad, embalaje y prensa. Para Broodthaers los museos fueron una víctima más de la generalización de la cultura de masas consumidoras que provocó que la cultura letrada de Europa empezase a desaparecer bajo el rodillo americano que generó la cultura espectáculo en la que estamos inmersos en la actualidad.

También las Guerrilla Girls han sido una de las máximas críticas de la institución ‘museo’. Se dieron a conocer en 1985 cuando el MOMA de Nueva York inauguró una exposición –de arte contemporáneo- titulada An Internacional Survey of Painting and Sculpture en la que había obras de un total de ciento sesenta y nueve artistas, de los cuales tan solo trece eran mujeres, y se manifestaron portando máscaras simiescas inspiradas en King Kong para señalar la desigualdad entre sexos que seguía imperando en el mundo del arte a finales del siglo XX. Cuatro años más tarde, pusieron un cartel frente al Metropolitan Museum de Nueva York en el que había escrito lo siguiente: “¿tienen las mujeres que estar desnudas para entrar en este museo? Menos del cinco por ciento de los artistas en las secciones de Arte Moderno son mujeres, pero un ochenta y cinco por ciento de los desnudos son femeninos”. Y en pleno siglo XXI el asunto no ha mejorado demasiado. El Museo del Prado, por ejemplo, tiene obra de más de cinco mil artistas hombres y tan solo de cuarenta y una mujeres. De hecho, hace poco acaba de inaugurar la primera exposición dedicada a una mujer –Clara Peeters– en sus doscientos años de vida.

¿CÓMO DEBEN SER LOS MUSEOS EN EL FUTURO?

Ante este panorama, es lógico reflexionar sobre cómo deben ser los museos en el futuro. “Me imagino un lugar donde el individuo construya el museo en su mente, donde se mezclen contenidos y disciplinas a elección del visitante. Un museo donde todo converja transversalmente. En el futuro el hombre será el museo”, considera el creador de La Juan Gallery. “Por definición, el museo -cuya función imprescindible es la conservación- es una institución absolutamente dependiente de las coordenadas temporales: pasado, presente y futuro. Pero conservar no puede significar mantener los criterios, valores y gustos del pasado. Precisamente, en el museo se debe proyectar el presente, de manera que, en cierto modo, nos ayude a construir el futuro”, opina de la Villa.

“Creo que un museo no necesita serlo todo, no puede ser el lugar del espectáculo barato, no puede ser el lugar del ‘todo cabe bajo este techo’, no puede ser un mero contenedor de las ocurrencias ‘geniales’ de curadores o directores. Debe, en parte, congregarse a la tarea de su destino particularmente mediante el trabajo ‘comunitario’ de sus trabajadores. Creo que si hoy en día hay un error en los museos ese es el de reflejar una sociedad jerarquizada por roles”, argumenta Guerra. “En la dimensión educativa y de exhibición, serán cada vez más laboratorios, zona de artes vivas, lugares de encuentro, generadores de discursos provocados por las audiencias”, vaticina Carrión. “El museo debe buscar las estrategias a través de las cuales las obras de arte puedan mantenerse vivas y ocupar un rol activo, una agencia como la que tuvieron en origen. Y para hacer eso es necesario escapar de la idea de una memoria fosilizada, calcárea e inmóvil”, concluye Hernández.

Un camino que se está abriendo ante nuestros ojos es el de los museos virtuales, que permiten poder ver las obras sin necesidad de acudir al lugar físico. Pero de esta manera –quizá- nos estaremos perdiendo el aura –la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar)- de la que nos habló Walter Benjamin.

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