1 diciembre, 2017. Por

Arte

Cuando la carcajada, la incomodidad y la reflexión completan una obra perfecta
Arte

Mi amigo Sergio se ha comprado un cuadro. Es una tela de 1,60 por 1,20 aproximadamente, blanca, el fondo es blanco y, si entornamos los ojos, podemos distinguir unas finiiisimas líneas transversales. Blancas.

Estas líneas (las que dice uno de los protagonistas y primigeniamente escritas en negro sobre blanco) son las que abren Arte, la conocidérrima obra de Yasmina Reza, que desde que se estrenó hace dos décadas no ha parado de girar por el mundo. Un blockbuster teatral en toda regla, de los que aúnan risas, reflexión y mala leche a partes iguales, y que Miguel del Arco ha escogido para cerrar temporada en el Pavón Teatro Kamikaze. Aunque eso de “cerrar temporada” es relativo, puesto que van a seguir con programación todo el verano. Valientes para enfrentarse a la canícula.

Una comedia que bajo el paraguas de la reflexión sobre el arte contemporáneo (y esas obras como el urinario de Duchamp o la Mierda de artista de Manzoni y su teoría de que en la sociedad de consumo todo puede pasar por arte y ser vendido) nos habla del deterioro de una amistad de décadas. La de los tres amigos que debaten descarnadamente, cada uno con su consecuente punto de vista, sobre la valía o no de ese cuadro blanco recorrido por finísimas líneas blancas.

Miguel del Arco no sorprende en este caso, ni lo pretende. Lo que pone sobre el escenario es una puesta en escena sencillamente perfecta y medidísima para alcanzar lo que busca: la risa del público. Y bajo la capa de la carcajada, un pentimento de incomodidad y reflexión. El espacio minimalista en el que Del Arco ubica la función, acompañado por un muy apropiado diseño de luces y un diseño de sonido caracterizado por esas campanas que simulan las de un combate de boxeo y que marcan los apartes de los protagonistas, deja muy acertadamente el protagonismo a los tres enormes intérpretes: Roberto Enríquez, Cristóbal Suárez y Jorge Usón.

Enríquez (de quien hemos podido disfrutar en multitud de obras, la última El pequeño poni) dota a su Marcos de una delirante hilaridad, inquina y progresivo desquicie que son una gozada y a la vez dan el mal rollo justo y necesario. Cristóbal Suárez (habitual de los montajes de Miguel del Arco) es el comprador del cuadro que se ve atacado sin medida por su supuesto amigo. Medido y cauto, acertadísimo, su estilo y elegancia además le convierten en el perfecto Sergio.

Pero a pesar de que todos son (y están) espléndidos, el papel de más lucimiento le corresponde a Iván. Interpretado además por un Jorge Usón (de quien ya disfrutamos horrores en Cabaré de caricia y puntapié) que se sale. Usón llena el escenario (y la calle Embajadores entera) llevando a cabo una interpretación antológica, de las que levantan aplausos y carcajadas en un recital cómico de órdago con ese personaje mangoneado por todos. Le destacamos (porque es que es muy grande, de verdad), pero viendo la función uno no tiene la sensación de desequilibrio. Todos se complementan a la perfección y la química que se establece entre ellos es extraordinaria. Vaya trabajazo (y cómo juegan con la entonación, sencillamente espléndido).

Carlos Hipólito estaba viendo la función (uno de los protagonistas del primer Arte estrenado aquí en España) y no dudó en levantarse automáticamente como si tuviera un resorte en la butaca para aplaudirles a rabiar al fin de la función. Un texto que es ya un clásico moderno. Una dirección afinadísima. Y unas interpretaciones que son una gozada. Qué más se puede pedir. Arte, arte y arte.

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