11 mayo, 2018. Por

Arctic Monkeys

Alex Turner mata a los Arctic Monkeys (pero sigue escribiendo las mejores canciones de su generación)
Arctic Monkeys

Tengo dos noticias que daros, una buena y una mala. ¿La mala? Que Alex Turner ha matado a los Arctic Monkeys en su nuevo disco. Y, si ya de por sí suele estar delante de sus compañeros, en Tranquility Base Hotel & Casino les ha hecho un mortadelo de proporciones bíblicas; ha jugado al ¿Quién prefieres que se muera? de La Resistencia y le ha colgado la corona de flores a sus compañeros. ¿La buena? Que como con cada disco hace(n) lo que les da la gana, igual en el siguiente cobran más protagonismo que él y lo convierten en backliner.

Los que seguís (venga, va: seguimos) a Arctic Monkeys desde el primer disco suele pasarles: la escucha de un nuevo disco suele ser traumática. Una mezcla de descorazonadora decepción y necesidad de entender por qué Alex Turner ha decidido comandar una especie de nuevo salto al vacío: sucedió así con un Favorite Worst Nightmare que perdía la urgencia e inmediatez clashera del debut; sucedió así con su giro al rock, el stoner y el culto a Josh Homme de Humbug; su siguiente giro al campo de la intimidad y el croonerismo de Suck It and See; o su retahíla de hits neoindierockeros en un AM que los reconcilió con la masa. No tengáis miedo: con su nuevo disco vuelve a pasar.

“Tengo dos noticias, una buena y una mala. ¿La mala? Que Alex Turner ha matado a los Arctic Monkeys en su nuevo disco: les ha hecho un mortadelo de proporciones bíblicas. ¿La buena? Que como con cada disco hace(n) lo que les da la gana, igual en el siguiente cobran más protagonismo que él y lo convierten en backliner

Tiene sentido que Tranquility Base Hotel & Casino fuera a ser, originalmente, un álbum que Alex Turner entendía que sería su primer largo en solitario, tras aquel EP y BSO que compuso para Submarine, y que sirvió como esbozo y campo de batallas de lo que acabaría siendo Suck It And See. Hay muchos elementos comunes entre aquel (y cuarto) álbum y este (y sexto) ejercicio discográfico de los de Sheffield: la atmósfera que se respira es más la de un crooner post-romántico que compone las canciones en la intimidad de su habitación, como si fuesen a formar parte de alguna película de Woody Allen rollo Café Society, con todos los tics que ello conlleva: atmósferas místicas y crepusculares, canciones que sobreviven al abrigo de una guitarra o un piano pero que no nacen con esa genética frenética de las canciones-de-banda de Arctic Monkeys.

Baterías apagadas, prácticamente la ausencia de estribillos, melodías que sirven más para narrarlas habladas o para entonarlas bajito, como si alguien estuviera durmiendo a su lado mientras él va vomitando sobre el papel. No hay atisbo de hits, y de ahí incluso la decisión de que no existan los singles de adelanto: Tranquility Base Hotel & Casino es un bloque de hormigón repleto de plumas y algodón en su interior, una hermosa oda anti-rockstar en la que Turner reflexiona sobre su papel en la industria musical y del entretenimiento a ritmo de indie-jazz-soul con aire a música de estándares moderna.

Tranquility Base Hotel & Casino es un bloque de hormigón repleto de plumas y algodón en su interior, una hermosa oda anti-rockstar en la que Turner reflexiona sobre su papel en la industria musical y del entretenimiento a ritmo de indie-jazz-soul con aire a música de estándares moderna”

Decide internarse puertas adentro, trabajar solo, jugando a ser una especie de Nick Cave, de Elvis Costello, de Tom Waits sin carraspera, de Mark Lanegan, de Leonard Cohen, de Leon Russell, de Lou Reed; pero bebiendo de su propio yo: discursivamente, del Alex Turner que lleva cerca de quince años lidiando con las derivas de una estrella del rock en el siglo XXI; musicalmente, del camino iniciado en Submarine y Suck It And See, pero también junto a Miles Kane en esa persecución de la madurez temprana que han supuesto los dos discos de The Last Shadow Puppets.

En Tranquility Base Hotel & Casino prácticamente señala a su banda y decide colocarse él delante de la foto, incluso difuminando a la banda en un ejercicio que pelea a la contra de la genética de Arctic Monkeys, pero que, mira por dónde, obliga a romper los propios límites del grupo y la imagen creada que tenemos de ellos: los lleva a coquetear más que nunca con la canción melódica de hotel (tiene momentos muy Julio Iglesias jugando a ser Frank Sinatra), pero también con el jazz, el soul, el r&b, el antipop, e incluso se carga algunos tics sonoros de la banda (las melodías de redobles de Matt Helders, por ejemplo).

“Prácticamente señala a su banda y decide colocarse él delante de la foto, incluso difuminando a la banda en un ejercicio que pelea a la contra de la genética de Arctic Monkeys, pero que, mira por dónde, obliga a romper los propios límites del grupo y la imagen creada que tenemos de ellos”

Se deja querer por la psicodelia cósmica en un spoken word popero, autobiográfico y con un estribillo de una frase que huele a Leonard Cohen y Eels (Star Treatment y Batphone); recupera la base orgánica de las canciones de Submarine (One Point Perspective y The Ultracheese); saca su voz más grave como un Nick Cave de casiotone para disparar contra la cultura sociopolítica occidental (American Sports y The World’s First Ever Monster Truck Front Flip); roba bajos a Tame Impala para componer una serie de canciones para una Amy Winehouse imaginada o una Lana del Rey de 70 años (Tranquility Base Hotel & Casino); construye un casteller de armonías vocales en falsete (Golden Trunks); compone una canción para una película de James Bond (Science Fiction).

Apenas saca a pasear a los Arctic Monkeys más autóctonos en un par de temas con su genética más identificable, la del riff, pero conectándola con la atmósfera croonerista del disco (Four Out of Five y She Looks Like Fun). Si hay un nombre (un hombre) capaz de seguir reiniciando sus propias marcas, sin componer dos veces el mismo disco, y haciéndole un corte de mangas al público que espera algo concreto de sus canciones, ese es Alex Turner. Como le dijo Isabel Pantoja a su hijo cuando estaba a punto de abandonar Supervivientes hace siete años: “te adoramos con gota y sin gota, pescando y sin pescar: eres maravilloso ser”. Pues eso le digo yo a Alex.

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