14 febrero, 2018. Por

El ángel exterminador

La actualización de la mítica obra maestra de Buñuel: una bufonada generalizada
El ángel exterminador

El ángel exterminador era uno de esos montajes llamado a ser de LOS montajes de la temporada. Dirigido por Blanca Portillo, veinte actores en escena, el proyecto con un presupuesto más abultado en lo que lleva Portaceli en el Teatro Español. Y además basado en la mítica película de Buñuel. Un reto pero también un anclaje seguro. Y la verdad es que, si de espectadores hablamos, la cosa está funcionando porque cuando fuimos el teatro estaba lleno a reventar. Lo malo es que esta desproporcionada adaptación del clásico del de Calanda no llega a ser todo lo que se esperaba.

Y es que si Blanca Portillo es una de las actrices más grandes que tenemos en este país (adoración total y absoluta por una mujer que tiene un talento que no es de este mundo) cuando se pone a dirigir, a pesar de los pesares, no llega a convencernos del todo. La avería fue una grata sorpresa, pero Don Juan Tenorio (siendo un éxito arrollador) ya dejó ver que la sutileza no era lo suyo. Algo que se confirma en este nuevo montaje.

“La actualización que pretenden Portillo y Fernando Sansegundo (responsable de la versión) podría haber resultado realmente interesante, pero han desaprovechado su oportunidad y todos los medios que tenían a su alcance”

 

Y es que esta surrealista historia de un grupo de ricachones, gente bien y burgueses acomodados que son invitados a una fiesta y a la hora de irse de allí no pueden salir del salón (como si se enfrentaran a una barrera invisible), es un punto de partida brutal y jugosísimo. Lo malo es que Portillo lo desaprovecha por varias decisiones que no llegan a hacer brillar el conjunto. La primera, esa caja de cristal, símbolo obvio (demasiado obvio) del encierro y que además provoca problemas de acústica. La segunda, el añadir a ese propio ángel exterminador (o parca, o llámalo como quieras) en la figura de una especie de mendiga tejedora presente en el patio de butacas durante toda la función. Otra obviedad, que además rompe la narración continuamente, ralentizando el ritmo y llegando a desesperar junto a ese policía que Juan Calot defiende como puede pero que (y no es su culpa) resulta cercano al ridículo.

Y aquí llegamos al tercer punto: y es que las caracterizaciones son absolutamente exageradas, casi grotescas, impidiendo cualquier tipo de evolución de unos personajes que ya están condenados al odio del espectador desde que entran en escena. Los intérpretes luchan denodadamente y consiguen en algún momento salir a flote, pero lo tienen todo en contra. La actualización que pretenden Portillo y Fernando Sansegundo (responsable de la versión) podría haber resultado realmente interesante, pero han desaprovechado su oportunidad y todos los medios que tenían a su alcance. La dirección de actores está enfocada hacia una bufonada generalizada, una astracanada falta de cualquier tipo de sutileza y que llega a hacer realmente complicadas las dos horas y cuarto que dura el espectáculo.

“La dirección de actores está enfocada hacia una bufonada generalizada, una astracanada falta de cualquier tipo de sutileza y que llega a hacer realmente complicadas las dos horas y cuarto que dura el espectáculo”

Eso por no hablar de un derroche de medios espectacular (lo de la escena de la iglesia del final con el botafumeiro es de órdago) que, si funcionara, pues podría tener un pase, pero es que además ésta precisamente es una de esas funciones que podrían resultar infinitamente más efectivas con menos medios, incluso en una sala pequeña (como esa versión apócrifa de la misma película que se hizo en La pensión de las pulgas y se llamaba La balsa de Medusa).

Dicho lo dicho, seguro que a muchos también les encantará (volvemos a repetir, el teatro estaba lleno, y eso ya es para estar orgullosos), porque sólo por ver a tantísima gente en escena y ese despliegue de medios (al que ya no estamos acostumbrados) uno se puede quedar pizcueto. Y es que hay momentos que impactan. Pero hay momentos en los cuales uno también se siente encerrado, como los protagonistas, con unas ganas importantes de escapar.

El ángel exterminador