6 noviembre, 2018. Por

Andrés Calamaro

El argentino se debate entre la recuperación del genio y la versión de sí mismo; y gana el primero
Andrés Calamaro

Andrés Calamaro tiene una gran virtud, que es también un gran hándicap: es uno de los compositores más reconocibles de las últimas décadas. Esto es muy bueno, porque ha conseguido imponer un “estilo calamaresco” en la canción hispana de, sobre todo, los últimos veinte años: lo hemos visto en España con grupos como Pereza, Quique González o Rulo; y en Argentina con infinidad de bandas y solistas, desde Estelares a Intoxicados, Coti, Guasones, La Mancha de Rolando, Iván Noble o Los Tipitos, por mencionar solo a algunos. Pero también puede llegar a ser especialmente malo para él: tanto le cuesta escapar de sí mismo que, en ocasiones, parece una versión devaluada de sí mismo.

En Cargar la suerte vuelve a suceder esto de estar con un pie en cada una de esas aceras, aunque, afortunadamente, más cerca del reencuentro con su mejor versión que con la del Calamaro que tira de piloto automático: más de la mitad del disco deja ramalazos de genialidad, del argentino más cerca del rock de autor más confesional y desnudo, además de algunas de las mejores y más sarcásticas frases en muchos años; pero, también, hay un puñado de canciones (menos de la mitad, todo sea dicho) en las que recurre a ciertos tics y automatizaciones que, esperemos, signifiquen solo destellos de falta de esfuerzo, pero no de pólvora mojada.

Si bien se trata de una producción de apariencia ambiciosa (se encerró en un estudio de California con algunos de los mejores músicos de estudio de rock y soul norteamericanos, con algunos popes de las grabaciones de jazz), quizá lo habría sido más dejar fluir las canciones, y permitirse llevarlas a lugares menos homogéneos y desconocidos incluso para el propio músico argentino.

«Más de la mitad del disco deja ramalazos de genialidad, del argentino más cerca del rock de autor más confesional y desnudo, además de algunas de las mejores y más sarcásticas frases en muchos años; pero, también, hay un puñado de canciones en las que recurre a ciertos tics y automatizaciones que, esperemos, signifiquen solo destellos de falta de esfuerzo, pero no de pólvora mojada»

La tendencia conservadora es algo que debería preocupar. No hay que olvidar que sus últimos álbumes han sido más bien balones fuera: Volumen 11 era una acumulación de descartes recuperados o regrabados, y los dos recopilatorios (Jamón del medio y Pura sangre) y los dos directos (uno con Bunbury, otro en clave club de jazz). El único precedente que se puede considerar un álbum propiamente dicho de nuevas canciones fue Bohemio, hace ya cinco años.

En Cargar la suerte decide acercarse a la música de género (concretamente, al rock americano melódico: un terreno sobre-explotado, e identificado con cierto halo conservador para el rock moderno), pero quizá carga demasiado esa suerte hacia los medios tiempos y las baladas de autor: al menos nueve de las doce canciones pueden considerarse dentro de este registro, mientras que las otras tres abogan por el rock and roll afilado.

Las referencias tanto boxísticas como taurinas vienen de base: “Cargar la suerte” es una expresión tomada del universo torero: algo así como llamar al toro poniendo la pierna muy cerca de él; una manera de expresar un riesgo kamikaze para alcanzar el Olimpo o la arena. Aún así, no se puede decir que, por mucho que tome algunos riesgos, este sea un álbum que represente ese ultimátum a sí mismo, ni con su público. Quizás supone, más bien, un acercamiento a ese perfil de autor maduro y reposado, aprehendido de sí mismo, auto-reconocido a sí mismo dentro de su obra.

«‘Cargar la suerte’ es una expresión tomada del universo torero: algo así como llamar al toro poniendo la pierna muy cerca de él; una manera de expresar un riesgo kamikaze para alcanzar el Olimpo o la arena. Aún así, no se puede decir que, por mucho que tome algunos riesgos, este sea un álbum que represente ese ultimátum a sí mismo, ni con su público. Quizás supone, más bien, un acercamiento a ese perfil de autor maduro y reposado, aprehendido de sí mismo, auto-reconocido a sí mismo dentro de su obra»

Es, precisamente, tanto en esos tres escapes rockeros (Siete vidas y Adán rechaza recuerdan a Los chicos; y Falso LV es puro sarcasmo rock & soul) como en curiosas licencias que lo acercan al rap-rock (Las rimas juega al hip-hop rockero con una base que parece querer recuperar el espíritu tanto de Paloma como de la añeja Lou Bizarro), al folk-pop de corte beatle (My Mafia recuerda a sus amigos en una balada que huele y suena a madera), al swing & roll (en Tránsito lento habla de esperas y romances, pero también firma una de las canciones con más groove de su repertorio) o cuando deja algunas de sus mejores frases y melodías, en piezas calamarescas que van desde la funcionalidad del single (Verdades afiladas y Cuarteles de invierno) a la emoción a flor de piel (Mi ranchera es la mejor canción del disco; y Diego Armando Canciones es un recopilatorio de frases épicas, enlazadas a la manera calamaresca), que El Salmón encuentra su mejor versión. Una ‘mejor versión’ que más que ramalazos representa el 70% del disco.

El paisaje solo queda algo adormilado cuando tira por el single efectista: Verdades afiladas y Egoístas suenan a un Andrés Calamaro siempre bueno, pero demasiado conocido y autoexplotado; y tanto Egoístas como Voy a volver, por mucho que desnude esa parte nostálgica, vitalista, saneada y reflexiva sobre sus cuarenta años en la música, parecen canciones hechas con el piloto automático, o recuperadas de sus interminables e incansables sesiones durante su época de encierro habitacional en El Salmón, en las que, entre tanto experimento, dejaba salir de vez en cuando algún medio tiempo melódico que parecía hacer un guiño irónico y sarcástico al Calamaro reclamado por su público a principios de siglo.

Resulta curioso que, a quince años de criticar y casi sepultar artísticamente a aquel Calamaro abrumados y ultra-excesivo del quíntuple El Salmón en el que jugaba al rock experimental, la escritura automática y la reflexión acerca de lo que es componer una canción sin dormir, el que aquí escribe eche de menos a un Andrés Calamaro que se defina: si tan fino y cerca del sonido americano como en sus mejores discos, los de los años ’90; o si especialmente kamikaze y dispuesto a “cargar la suerte” en cada movimiento de capa, como se permitió en sus acercamientos al rock experimental, el tango, el flamenco o el jazz.

Con Cargar la suerte, queda claro que hay razones para pensar que se ha recuperado mucho del mejor Salmón. O, al menos, el mejor desde La lengua popular, el álbum que lo reconcilió con crítica y público.

Andrés Calamaro