4 mayo, 2018. Por

Amante por un día

La quintaesencia del desapasionado romance francés. Una vez más
Amante por un día

Amante Por Un Día (Philippe Garrel, 2017), el último capítulo de la trilogía del realizador francés sobre el amor y los celos, llega este fin de semana a nuestras pantallas. Comparte con sus predecesoras, La Sombra de las Mujeres (2015) y La Jalousie (2013), el interés por articular un relato breve y conciso (la película dura 75 minutos), el uso cálido y sensible de la fotografía en blanco y negro, el interés por las dinámicas de pareja sometidas a la tensión de los celos, que no es sino manifestación de las inseguridades de los miembros de ésta, el amor intenso y mal medido y la desigualdad con la que hombres y mujeres abordan los aspectos emocionales de una relación, en especial, la infidelidad.

A los 23 años, Jeanne (Esther Garrel) rompe con su novio, el primer hombre al que ha amado realmente. No tiene más remedio que presentarse con una maleta y la cara cubierta de lágrimas en el piso de su padre, Gilles (Éric Caravaca) para descubrir, con cierta sorpresa, que éste comparte el apartamento con Ariane (Louise Chevillotte), una de sus estudiantes, con la que mantiene una relación, a pesar de que es prácticamente de la edad de su hija. Al lento proceso de superación del duelo de Jeanne se sumará la delicada dinámica que se establece entre los tres: ella y Ariane se hacen amigas, pero su presencia va sacando a la luz los miedos e inseguridades que acechaban a los dos amantes, haciendo que el equilibrio entre los tres personajes sea cada vez más precario.

“‘Amante por un día’ es incapaz de aportar nada nuevo a la narrativa amorosa. No hace más que darle vueltas de manera machacona al manido “ni contigo ni sin ti””

Garrel va desplegando los elementos de su relato con una frialdad casi analítica. El magnético erotismo que rodea a Ariane allá donde va. La cargante pena de Jeanne, que todos reconocemos de cuando se nos rompió el corazón a los veintipocos años y que, precisamente por eso, sabemos desmedida y potencialmente superable. Las inseguridades de Gilles, que va de seductor pero, en realidad, tiene más celos que inteligencia emocional. La delicada atmósfera de secretos que se va tejiendo entre Ariane y Jeanne. Los mensajes escritos con pintalabios en el espejo mientras un amante duerme a pierna suelta. Los post-adolescentes que se pasan una cena hablando de la guerra de Argelia. O los polvos furtivos en los baños de una facultad.

Aunque excesivamente despegados de la realidad, no se puede negar que Amante Por Un Día está plagada de momentos de delicada belleza. A pesar de tener que recurrir a una monocorde voz en off que aporte pinceladas de las emociones que van atravesando a sus protagonistas, las interpretaciones de éstos (especialmente de ellas), así como una fotografía bien cuidada que, sin tener nada de particular, va atrapando la vista de uno, llevan al espectador a un lugar confortable. Todo contribuye a crear la sensación de que estamos ante una buena película. Algo trascendente y adulto.

“Todo contribuye a crear la sensación de que estamos ante una buena película. Algo trascendente y adulto”

Pero Amante Por Un Día es incapaz de aportar nada nuevo a la narrativa amorosa. No hace más que darle vueltas de manera machacona al manido “ni contigo ni sin ti”. Se niega a aplicar el más mínimo filtro humorístico a las situaciones que presenta, sin darse cuenta que eso haría que algunas de ellas pintasen menos ridículas. Y presenta un modelo de relación en la que el varón es poco más que una estatua fofa e inmóvil que merece ser amada y cuidada; mientras que las mujeres tienen la obligación de ser perfectamente bellas, desnudables y castas, sin que sus anhelos o intereses importen lo más mínimo (¿a qué demonios se dedica Jeanne?). Así, los acontecimientos pasan sin sorprender a nadie e interesando solamente a sectores concretos de la audiencia.

Lo peor es que nada de esto es especialmente novedoso. Ni en el cine en general (no creo que haya nada aquí que no estuviera en la Nouvelle Vague) ni en la filmografía de Philippe Garrel en particular. El relato es idéntico al de sus dos películas anteriores. Solamente la juventud de sus protagonistas femeninas o la cálida relación que se construye entre ellas aporta algo nuevo. Pero en tanto Amante Por Un Día pretende mostrarnos lo anodino de las relaciones juveniles, su banalidad, lo irreflexivo de sus componentes y lo predecible de sus giros, la película acaba siendo todas estas cosas. Una película que hará las delicias de los amantes del cine francés, pero que parecerá desapasionada a quien busque empatizar de algún modo con los protagonistas o emocionarse con su historia.

Amante por un día