13 abril, 2018. Por

Alma Máter

Cuando las emociones se desgastan tanto como en la propia guerra
Alma Máter

Parece que todos necesitamos un bofetón para despertar del letargo en el que hemos caído tras meses, años y, lo que es peor, millones de personas a las que se les ha partido la vida por una guerra como la de Siria. Ahora, por estas fechas de 2018, se cumplen 7 años del conflicto, o lo que es lo mismo, de infancias masacradas, familias separadas, parejas desaparecidas, vidas sentenciadas a padecer traumas el resto de su existencia –los que sobrevivan-.

¿Y por qué necesitamos ese bofetón? Porque por nosotros mismos no nos esforzamos en recordar que las cifras que dan los medios de forma estadística y anecdótica, entre el caso de Gabriel y Christiano Ronaldo, son personas de verdad. Con gafas de colores que tardan más de la cuenta en el baño, como una de las protagonistas de Alma Máter. Personas que lloran porque sus vidas nunca volverán a ser como antes.

Y eso es lo que viene a contar esta película, y ese efecto contrario del que hablábamos –la pérdida de las emociones por asistir a la reiteración de acontecimientos o por verlos narrados desordenadamente- es justo lo que le ocurre también. Casi una pena, porque todo lo demás que envuelve la película del belga Philippe Van Leeuw es apasionante.

«Un ejercicio claustrofóbico y sociológico que nos lleva a reflexionar sobre nuestra propia condición humana, que nos lleva a acometer actos de los que jamás nos habríamos creído capaces»

Alma Máter viene a narrar algo de tremenda profundidad: el impulso individual a la tiranía, egoísmo y cobardía en situaciones de supervivencia. Alma Máter es el retrato de un día desde su amanecer a su anochecer en el interior de una casa cuyos habitantes se niegan a abandonar y se empeñan en mantener con normalidad: una madre, dos hijas adolescentes, un niño, un abuelo, el novio furtivo de una de las niñas que no pudo volver a su casa, la asistenta y una pareja de vecinos con un bebé. En este contexto, la mujer lleva las riendas. Y en este contexto, hay que seguir haciendo los deberes y hay que seguir comiendo todos juntos a la mesa. Pero esta semi-familia debe dejar de seguir engañándose. Las explosiones resuenan fuera y los francotiradores apuntan a la sien de quien sale a la calle.

Y son tantas las atrocidades que se producen, y tantas las lágrimas enjugadas, que el espectador ya no sabe cuándo llorar él, ni por qué. Y si no fuera por este despliegue de horror y drama, si hubiera algún que otro momento de respiro como el que nos brinda el niño que chincha al abuelo, o el novio que se cuela en la habitación de su chica, las emociones se contendrían mejor y se soltarían mejor después. Con todo, Alma Máter es un ejercicio claustrofóbico y sociológico que nos lleva a reflexionar sobre nuestra propia condición humana, que nos lleva a acometer actos de los que jamás nos habríamos creído capaces. Y los culpables, merece la pena recordarlo, no somos nosotros; no son ellos, más bien dicho. Son los que perpetúan conflictos así de sangrientos.

Alma Máter giró por todo el mundo el año pasado y ganó el Premio del Público en los festivales de Berlín, Sevilla y Copenhague. Con esta película se dan aún más a conocer a los dos pesos pesados sobre los que recae la acción: una portentosa Hiam Abbass y una sublime Diamand Bou Abboud, a la que pudimos ver hace muy poco en El Insulto, y que nos dará muchas gratas sorpresas de aquí en adelante.

Alma Máter