17 mayo, 2017. Por

A favor de ‘Alien: Covenant’

La película que pone (¡por fin!) orden a la Saga Alien
A favor de ‘Alien: Covenant’

La saga Alien es, desde los ochenta, una fuente inagotable de controversia. Desde que Alien: El Octavo Pasajero se estrenara en 1979 los intentos por capitalizar el terrorífico universo que ésta desplegara han venido desde casi todas las esferas del cine de entretenimiento. Pero nunca sus secuelas han conseguido inspirar el asfixiante e inolvidable terror que nos producen todavía hoy los pasillos de la Nostromo, los maullidos del gato Jonesy o la tremebunda figura, más intuida que vista, del xenomorfo, creado por H.R. Giger para perseguirnos en nuestras pesadillas recurrentes.

La franquicia vive, por lo tanto, constantemente acomplejada por la apabullante calidad de la cinta que la inició, de modo que cualquier intento (intentos serios, no hablo de Alien vs. Predator) de retomarla es objeto de prolongados debates por el gran público. En primer lugar, porque dichos intentos siempre se han abordado desde los géneros de la acción (Aliens) o la ciencia-ficción (Prometheus) sin entender, aparentemente que El Octavo Pasajero es una cinta de terror. En segundo lugar (y en consecuencia), porque el terror no se explica. No es el objetivo de El Octavo Pasajero elucubrar sobre la procedencia u objetivos de los xenomorfos: el depredador perfecto, despiadado, salvaje y sin la más mínima intención de comunicarse, está en la nave. Y hasta que Ripley consigue deshacerse de él, uno está tan aterrorizado que ni se le pasa por la cabeza preguntarse de dónde demonios ha salido ese bicho.

Las secuelas

Cuenta la leyenda que reunido con los ejecutivos de la Fox, un joven James Cameron escribió en una pizarra la palabra “Alien” y, tras una pausa dramática, añadió el símbolo “$” al final de ésta para convencerles de cómo el bombazo del 79 podía serlo, todavía más, si se rodaba una nueva cinta que ofreciera centenares de aquellos bichos a los espectadores. Dicho y hecho: con algo más de 18 millones de dólares de presupuesto (El Octavo Pasajero costó alrededor de 10 millones), Aliens (1986) casi quintuplicó la sus ganancias y conectó con el público de manera excepcional.

No obstante, el tono de la franquicia ya había mudado del terror asfixiante de la primera a la acción trepidante que caracteriza al cine de Cameron. Un desconocido director de videoclips llamado David Fincher se hizo cargo en 1992 de Alien 3 sin conseguir estar a la altura ni del terror ni de la acción de sus predecesoras. Y, cuando parecía que tanto Ripley como la franquicia estaban muertas, Jean-Pierre Jeunet se hizo cargo de Alien: Resurreción. Un cinta tan absurda que por momentos parecía paródica y cuyo estrepitoso fracaso comercial pareció cerrar, de una vez por todas, la Saga Alien.

Parece que cuatro era el número máximo de veces que los espectadores estaban dispuestos a ver cómo una Ripley cada vez más musculada, sudorosa y embrutecida desbarataba los planes de Weyland Corporation para convertir a los agresivos xenomorfos en activos militares. Acababan los noventa y Ridley Scott estaba mucho más interesado en gladiadores y emperadores romanos que en los babosos xenomorfos que le lanzaron a la fama. La franquicia Alien, Ripley y todos aquellos malditos androides podían, por fin, descansar en paz.

Una decepción llamada Prometheus

¿En paz? Y un cuerno. En algún momento de la primera década de los 2000, la idea de hacer una precuela de Alien: El Octavo Pasajero fue pasando, como una pelota de tenis, entre los despachos de la Fox y la cabeza de Ridley Scott (James Cameron también estuvo al tanto del asunto en algún momento, pero nunca se implicó en él). Según el propio Scott la película giraba en torno a la necesidad, defendida por algunos pseudocientíficos, de incorporar algún tipo de intervención divina o superior en el proceso evolutivo para que que éste desembocara en la vida humana tal y como la conocemos en la Tierra (lo que algunos llaman Diseño Inteligente). La película se llamaba, originalmente, Alien: Ingenieros, era una precuela inmediatamente anterior a Alien: El Octavo Pasajero y se desarrollaba en LV-426, la ubicación en la que se encuentra la nave abandonada en torno a la cual giraron las dos primeras películas de la saga.

Pero el guión se llegó a reescribir hasta cuatro veces con dos guionistas, Jon Spaihts y Damon Lindelof (sí, el de Lost) lanzando constantemente puntos de vista opuestos sobre la misma historia. Mientras tanto, Charlize Theron era elegida para protagonizar la cinta, para tener que dejarla en pos de otros compromisos, siendo sustituida por Noomi Rapace. Theron pudo ajustar su agenda en el último momento para intervenir en la película de Scott, pero se tuvo que crear un nuevo papel para ella.

Podría seguir párrafos y párrafos enumerando la lista de sinsentidos que fue la pre, post y la producción de Prometheus. Pero son innecesarios para cualquiera que haya visto el film. En primavera de 2012 las ganas de ver por fin el regreso de Ridley Scott a la franquicia Alien estaban en boca de todos. Los trailers y todo el material promocional publicado hacían salivar tanto a los seguidores más acérrimos de la saga como a los espectadores de a pie. Los xenomorfos no parecían dejarse ver en ningún momento, pero la atmósfera misteriosa y opresiva de El Octavo Pasajero estaba claramente ahí. Pero Prometheus era demasiado buena para ser verdad, y lo que en primavera era expectación en verano se convirtió en una ola de incredulidad y decepción que dio para ser la comidilla de los aficionados al cine durante meses y el tema favorito para polemizar en cualquier foro de ciencia-ficción en Internet hasta hace cuatro días.

El caso es que algo bueno tenía que tener Prometheus, porque tampoco dejaba a nadie indiferente. Lo que llegó a los cines fue el resultado de una guerra de guionistas resuelta de forma chapucera en la sala de montaje. Mientras que la historia de los Ingenieros (unos dioses creadores furiosos con nosotros, su creación), que era entre aterradora y fascinante, se veía constantemente arruinada por la intervención de unos personajes humanos sacados de un parvulario (o de un mal capítulo de Lost).

Solamente el arco de David, el androide interpretado por Michael Fassbender, parecía avanzar con seguridad, sin giros histéricos ni decisiones de niño de ocho años. Pero, aun así, técnica y artísticamente la cinta era espectacular en todo momento: los diseños de Giger, la fascinación por el body horror, la habilidosa selección de escenarios, el vestuario y su bien medida grandilocuencia visual la hacían hipnótica.

La cinta aportaba más preguntas que respuestas a la saga Alien, quedaba supeditada a una secuela inevitable y, para indignación de medio mundo, sustituía a los xenomorfos (solamente se intuía a uno en la última escena y gracias) por interminables y pretenciosas diatribas sobre la naturaleza de la deidad y la frustrante imposibilidad de comprender sus decisiones por parte de sus creaciones.

Covenant: aprendiendo de los errores previos

Con semejante panorama, el abiertísimo final de Prometheus dejaba pocas ganas de seguir mirando. Después de su agónica batalla contra el patógeno mutable creado por los Ingenieros como arma biológica definitiva, Elizabeth Shaw y (lo que quedaba de) David volvían al espacio para buscar la respuesta a la pregunta definitiva: ¿quiénes somos y por qué nuestros padres nos odian?

Covenant relata la historia de una expedición colonizadora (graciosa excusa para que todos los tripulantes sean parejas casadas que tiene una agradable consecuencia: el elenco es paritario) que se topa por ¿accidente? con el planeta natal de los Ingenieros e, inevitablemente, algunas de sus menos amistosas creaciones. ¿Más de lo mismo? Sí pero no. De la decepcionante Prometheus esta Alien: Covenant ha aprendido a ser menos pedante, a ser algo más sutil con el tema de la religión, a explotar al máximo las dotes interpretativas de Fassbender y a crear personajes secundarios que solamente parecen moderadamente imbéciles. Los etéreos y pretenciosos Ingenieros quedan en un plano muy secundario en esta historia y Daniels, la protagonista femenina, es mucho más creíble al desprenderse de la enorme carga religiosa y pseudocientífica que acompañaba a casi todas las frases que pronunciaba Elizabeth Shaw.

La tripulación de la Covenant se enfrentará a dos xenomorfos rabiosos (por separado) dando lugar, en ambos casos, a escenas de acción sumamente bien resueltas. Desconcertará a muchos ver, por fin, al temido ser de pesadilla moverse con toda agilidad, mostrándose completo y a plena luz. Son los nuestros los tiempos del CGI, y ya todo el mundo sabe lo que va a ver cuando el título de la cinta es Alien. El resultado tiene mucho más de acción y ciencia-ficción que de terror, pero ello es sin duda un acierto: un xenomorfo digital que pega saltos a lo loco nunca inspirará el terror que inspiraban los claroscuros y los pasillos de la Nostromo. Pero hay cosas que dan más miedo.

David: un villano inolvidable

A medida que avanza el metraje vamos descubriendo qué fue de Elizabeth Shaw y del androide David. De hecho, Covenant no despega verdaderamente hasta dicho momento (hasta entonces dan ganas de llamarla Alien vs. Gente Un Poco Tontica), en el que las inquietudes genocidas que David comenzara a manifestar ya en Prometheus, cristalizan de manera escalofriante. La referencia a Asimov y a las Leyes de la Robótica es inevitable y, de hecho, el escenón que abre la cinta es puro homenaje al escritor ruso.

Michael Fassbender se encuentra con un caramelito y la posibilidad de interpretar también a Walter (porque Weyland Corp. puede mandar naves a otros sistemas solares, pero hacer caras nuevas para sus androides ya les cuesta más), dando lugar a algunos de los momentos más impresionantes de Alien: Covenant.

El caso es que Covenant probablemente volverá a decepcionar a quienes vayan esperando una película de la franquicia original. Tras verla no son los xenomorfos los que se nos aparecerán en nuestras pesadillas: es David, con su voz atemperada y su sonrisa milimétrica, el que inspira verdadero terror. Es aquí donde Covenant demuestra que las nuevas precuelas de Alien (en declaraciones recientes Ridley Scott ha asegurado que cuenta con hacer por lo menos dos películas más ambientadas antes de El Octavo Pasajero) son películas de ciencia-ficción que, si bien pretenden causar temor en el espectador, aspiran a que el objeto de dicho miedo sea algo mucho más intangible que un monstruo irracional, pero que era, al fin y al cabo, mortal.

En la saga original de Alien los xenomorfos eran bestias sin aparente motivación: ahora son instrumentos de algo (probablemente en plural) grande, incomprensible y con lo que, aparentemente, tampoco se puede razonar. Nuestros creadores nos odian. Nuestras creaciones nos odian. Y no parece que haya rincón en el universo Alien en el que no vayamos a encontrarnos a los unos sin los otros.

Al final de la cinta uno se encuentra con que la agilidad de las escenas de acción, lo comprensible de la trama, las incógnitas que plantea y el carisma de su villano superan a las muchas imperfecciones de ésta. Alien: Covenant no es, ni de lejos, la obra maestra que es El Octavo Pasajero, pero enriquece de manera entretenida y eficaz el universo creado por ella. Ridley Scott nos cita en 2019 para presenciar una pieza más que contribuirá a establecer el marco en el que la Nostromo recibió una petición de auxilio desde LV-426.

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