12 marzo, 2018. Por

Aida

Lo más cercano a una superproducción rollo peplum clásico que van a poderse echar a la cara
Aida

20 años no es nada o es mucho dependiendo de lo que hablemos y de a quién se lo preguntemos. En 1998 se estrenó en el Teatro Real la Aida de Giuseppe Verdi con dirección de escena, escenografía y vestuario de Hugo de Ana. Ahora, en 2018, celebración del Bicentenario y del vigésimo aniversario de su reapertura, el Real acoge una visión revisada de ese mismo montaje. Señores, prepárense para vivir en vivo y lírico directo lo más cercano a una superproducción rollo peplum clásico que van a poderse echar a la cara.

Aida es una de esas producciones que se hacen a lo grande o no se hacen. Cataratas de figurantes, coros a mansalva, marchas triunfantes, oropeles, obeliscos y pirámides a tutiplén. Todo para ambientar el trío amoroso entre Radamés, capitán de la guardia egipcia al que el faraón nombra comandante para luchar contra la invasión etíope, Amneris, la hija del todopoderoso regente, y Aida, la esclava etíope puesta al servicio de Amneris. No es fácil montar un espectáculo de estas características (muchas veces se aprovechan decorados naturales dada la magnitud del tema en cuestión) y por ello la vuelta de Aida es un acontecimiento de los gordos en los círculos operísticos.

«Esta ópera llenará sin problema a pesar de todos los pesares y de todos aquellos con prejuicios fundados o sin fundar»

Habrá quien pida más monumentalidad (aunque la escalinata piramidesca y toda esa gente en escena es una cosa bastante tremenda, pero mucho), habrá quienes pidan más sencillez o un estilo interpretativo menos melodramático para abordar los momentos íntimos (complejo conjugar todos los elementos de la forma mágica), habrá a quienes las proyecciones no le entusiasmen (y que digan lo mismo que los que echan de menos las películas de David Lean: que si los escenarios y la turba están hechos por ordenador, pues que no se los acaban de creer), habrá quienes leviten sobre el patio de butacas por el gusto de escuhar en directo este clásico, habrá a quien directamente le parezca ya algo rancia y prefiera montajes como Dead Man Walking (completamente lícita esta opción, porque no vamos a dejar de repetir que es una de las cosas más maravillosas que hemos visto en los últimos años); pero el caso es que esta ópera llenará sin problema a pesar de todos los pesares y de todos aquellos con prejuicios fundados o sin fundar.

Aida sigue teniendo tirón y además nos permite tachar otra cosa más de la (imaginaria, sí, pero en la cabeza está) Lista de cosas que hacer antes de morir. Porque escuchar ese greatest hit entre los greatest hits que es la Marcha Triunfal en vivo e impactante directo (con sus trompetas y sus figurantes a cascoporro, como Amón-Ra manda) es toda una experiencia. Eso es así.

Aida