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| 8 de mayo de 2009 por after (a las 10:27) |
EL RIVAL MÁS PAREJO. POR ALBERTO RODRÍGUEZ
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 Cosas que ocurren. Mi ordenador el otro día dejó de existir en el mundo real y en el virtual, de algún modo, supongo que también. Un señor se llevó sus restos para recuperar los archivos que pudiese. Y apareció este texto entre los archivos recuperados, no recordaba haberlo escrito. Era un texto perdido y luego encontrado. Muchos otros se han perdido, por cierto, sin remisión. Éste es el cuento que escribí mucho antes que el guión para, de alguna manera, acercarnos al personaje de Manuel. Algo del cuento está en la película y hace un par de días se lo mandé a Tristán. Un poco tarde, ya que pensé que nunca me había sentado a escribirlo. Pero lo que está en el cuento él también lo encontró durante el rodaje.
 “El día veintidós es sábado, es el cumpleaños de Rafa”, le sonó como si su mujer hablase de un extraño. Su hijo Rafa iba a cumplir cinco años. También le sonó su nombre como el nombre del hijo de otras personas. “Iré a comprarle un regalo”, dijo él de todas formas. “El sábado no podré llegar hasta las ocho y cuarto, tendrás que llevarlo tú”. “¿A qué?”. “Te lo he dicho antes, Rafa quería celebrarlo en MacDonald´s. He reservado doce menús infantiles, ha invitado a varios compañeros de clase. Habrá un payaso”. “Sí, el sábado puedo llevarlo yo”. “Vosotros llegáis a las siete y yo llegaré sobre las ocho y media”, le pareció bien, un plan trazado por dos desconocidos y que iban a llevar a cabo otras personas que no eran ellos. Imaginó de pronto a los otros niños, y a los padres de los otros niños. Una piñata y una docena de diminutas sonrisas blancas. “¿Qué has pensado comprarle?”. “Quiere un barco pirata, lo he visto en una tienda cerca del trabajo, lo compraré yo”. Vio el barco surcando la moqueta del dormitorio de su hijo.
Aquel mismo día pasó por la puerta de la juguetería. Preguntó a la empleada por el barco pirata. Sí, era adecuado para niños de cinco años. Preguntó si tenían el barco habitualmente en existencias. La chica le dijo que sí. "Mañana volveré".
Tardó un par de semanas en regresar, un viernes, una semana antes del cumpleaños de su hijo. Prefería hacer las cosas por adelantado. Buscó a la dependienta con la que había hablado con anterioridad, no estaba. Deambuló por la tienda como si explorase un país desconocido, estuvo mirando juguetes cerca de una hora. Tomaba uno, lo miraba fijamente por todos lados y volvía a dejarlo en su sitio. De pronto, vio un juguete mecánico que le llamó la atención. Era un pequeño ring en el que dos boxeadores de hojalata se tiraban ganchos mecánicamente con una tremenda efectividad sincronizada. Esquivaban, golpeaban. Esquivaban, golpeaban. Hasta el infinito. Un juego de piernas y brazos, movido a cuerda, en perpetuo empate técnico. Giró la manivela y comenzó de nuevo el combate. “¿Es bonito, verdad?”, le dijo un dependiente. “Es una nueva serie de juguetes clásicos que se está vendiendo muy bien”. Preguntó por el barco pirata, “sí, claro, venga por aquí”. Y se marchó tras el vendedor. De lejos los púgiles metálicos seguían su combate.
El sábado, no durmió. Llegó a casa al mediodía y se duchó. Comió algo, estaba hambriento. Su hijo y su mujer llegaron al mediodía. Habían comido con la hermana de su mujer y sus hijos de la edad del pequeño Rafa. Su mujer tenía que marcharse. Su hijo daba vueltas al salón perseguido por un amigo imaginario, entre risas. Su mujer le dio un beso y le pidió que no olvidase el regalo. Él asintió, “ya lo he metido en el maletero”. “Llegaré sobre las ocho y media”, le recordó ella.
El payaso de MacDonald´s había hipnotizado a los niños que seguían sus marionetas en un improvisado teatro de títeres. Había una princesa, un caballero, un lobo y una bruja, también un caballo pero que al no hablar no alcanzaba la categoría de personaje. Sólo decía sí o no entre relinchos. El cuento estaba terminando como terminan todos los cuentos. El caballero acabó con la bruja y el lobo, los niños aplaudieron, los padres aplaudieron a los niños. Se sintió mal, vio a su hijo sonriendo y bromeando con los otros niños. Fue al baño. Se sentó en la taza y esperó. Esperó a que viniera alguien a rescatarle. A lo lejos, terminó el cuento: “Fueron felices y comieron perdices”. Aplausos de manos pequeñas y grandes sonaron de nuevo, y luego los gritos de los niños libres al fin de la fábula que los tenía encantados. Se lavó la cara y salió del baño. Se sentó en una banca amarilla. Su hijo vino corriendo, le pidió que lo cogiera en brazos y lo besó. “Soy tan feliz, papá, que quiero a todo el mundo”. Luego dio un salto y se marchó a luchar con su barco pirata por cualquier mar lejano y peligroso. Miró a los otros padres y pensó de nuevo que no era él la persona que había allí sentada.
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