¿Qué distingue a una persona de las demás entre los millones de personas que
habitamos el planeta? Hay personas que se caracterizan por su inteligencia,
otras por su personalidad, por su simpatía, por una capacidad innata para
algo…Hay tantos criterios como personas…o personajes. A mí los que más me gustan
son los que se distinguen por sus rarezas, personajes extravagantes e
inclasificables que le aportan a la vida una nota de color. En este caso, el
naranja.
Son las 5 de la mañana. Una mujer joven, borracha, sobre un puente, ríe sin parar. Se inclina sobre la barandilla hasta casi perder el equilibrio y lanza una de sus sandalias al río, tan lejos como puede. Tiene 36 años y es feliz como una niña. No sé si está actuando, es como si la observaran. Mañana, cuando se levante, no recordará nada. Aunque lo recuerde. // hay [6] comentarios. Introduce el tuyo.
(11 de agosto, 2008) Viendo a JV pienso en varias cosas, a saber: las primeras líneas de Platero y yo, el Joe Pesci de El ojo público, las camisetas de Epi y Blas y en Andy Warhol. Además de hacer su trabajo de un modo impecable –contra las adversidades, en muchas ocasiones-, JV es un probador de venenos; el primero que levanta la mano si hacen falta voluntarios. Ya lo demostró la única noche que hizo frío y se prestó a hacer de muñeco en la piscina; o la madrugada en que bailó solo para la cámara en medio del after. Una vez que termina su curro, ya digo que JV es como una Leatherman. Pero lo de hoy ha sido distinto. Hacía falta alguien que hiciera de perro fuera de cuadro y allí estaba él, la manita levantada -aún no sabía que casi todo el equipo estaba esperando ese momento para gastarle una broma-. Luego se ha rodado el plano, nadie ha cortado y la cámara ha bajado en silencio para inmortalizar a JV a cuatro patas, olisqueando una puerta, mientras alguien meneaba un plumero entre sus piernas. P.D. Debo desdecirme. Donde dije Warhol ahora digo que todo el mundo tiene derecho a sus cinco segundos de fama. Que en realidad fueran quince minutos, me la sopla. Supongo que a JV también. Lo suyo nunca fueron las matemáticas.
(14 de julio, 2008) Esta secuencia debía rodarse en la calle, pero estamos en la tercera planta de un aparcamiento subterráneo. Miro al Script y me sorprendo al ver que se le han rizado las puntas. No hace falta que le pregunte. “Es la humedad”, me dice. “De todas formas, aquí abajo nada es lo que parece”, se defiende. Y tiene razón: está prohibido fumar y de un rápido vistazo cuento siete cigarrillos encendidos con sus siete fumadores. El Script sonríe satisfecho y me alecciona: “Que te quede claro de ahora en adelante. Aquí abajo somos puro subtexto”. (12 de agosto, 2008) Esto se acaba. Y me preocupa RC (F). Últimamente come solo. Apenas usa su abanico, ha dejado de seguir a rajatabla su decálogo de supersticiones y se pronuncia lo mínimo. De repente, es como si se hubiera convertido en uno de esos viejos que se paran a mirar las obras, como temiendo no estar ahí cuando terminen. Pienso en los personajes de After y llego a la conclusión simplista de que si la vida fuera un mapa, ellos no sabrían dónde situarse. Luego pienso en RC (F) y deduzco que si el rodaje fuera un mapa, tampoco él sabría hacerlo.
(12 de agosto, 2008) Esto se acaba. Y me preocupa RC (F). Últimamente come solo. Apenas usa su abanico, ha dejado de seguir a rajatabla su decálogo de supersticiones y se pronuncia lo mínimo. De repente, es como si se hubiera convertido en uno de esos viejos que se paran a mirar las obras, como temiendo no estar ahí cuando terminen. Pienso en los personajes de After y llego a la conclusión simplista de que si la vida fuera un mapa, ellos no sabrían dónde situarse. Luego pienso en RC (F) y deduzco que si el rodaje fuera un mapa, tampoco él sabría hacerlo. // hay [11] comentarios. Introduce el tuyo.
NOTAS DE UN DIARIO DE RODAJE ENCONTRADO EN UN BOLSILLO III. EL EQUIPO I
(26 de junio, 2008) Rodamos en la puerta de la urbanización de Manuel. Falta un cuarto de hora para que empiece la semifinal de la Eurocopa entre España y Rusia. Del uno al diez, el nivel de consternación entre los futboleros del equipo es de 9,75. Un todoterreno se detiene frente a la puerta. Su conductor baja la ventanilla y empieza a gritarnos; sospecho que no le ha sentado muy bien el corte de tráfico. De entre todas las lindezas que nos regala, hay una que repite hasta desgañitarse: “!!! ¿Todo esto por una (…) película? ¿Todo esto por una (…) película? !!!”. Viendo al coche adentrarse en la urbanización, uso los dedos para contar más de media docena de réplicas brillantes entre los presentes. El Script, que es bastante más práctico, se me acerca y susurra: “Si pierde España, no me gustaría estar viendo el partido con ese tipo”. Del resultado del partido nos enteramos porque alguien canta los goles en la única casa de esta lujosa urbanización donde parece haber vida. Lo de cantar no es una metáfora. No sé cómo lo hacen, pero al mismo tiempo que siguen el fútbol, escuchan a todo trapo un frito variado que va desde Antonio Orozco a Amy Winehouse pasando por Los del Río. Sin comentarios, hay convivencias peores. Un dato curioso: mucho más tarde, ya de madrugada, alguien de esa misma casa ha salido al jardín durante la toma y ha llamado a voz en grito a un miembro del equipo: “¡J!, ¡J…! ¡¿Te pongo un ron con unas lagrimitas de Coca Cola?!”. Viendo a J. relamerse mientras lo llamaban, he deducido que se conocen. Hay que decir, no obstante, que el grito del vecino ha hecho que AL se despierte, coja la pértiga y nos hable por primera vez de sus amigos Barman y Droguin, un ayudante y un director de fotografía con los que trabajó al otro lado del océano. En cuanto al origen de sus apodos, no hay que ser muy listo para deducirlo.
(¿? de julio, 2008) No sé dónde estamos. Esto está lejos. Cenamos en una carretera en obras, junto a un prado con una fábrica abandonada al fondo. Anochece. El viento vuela los manteles de las mesas y por un momento tengo la sensación de estar cenando en Amarcord, o en Starsdust Memories. AL. termina de cenar y me pide un par de caladas del cigarro. Suele hacerlo. Luego se recuesta sobre la silla y nos habla del día en que su amigo Droguin –el director de fotografía- colgó la nariz, o lo que es lo mismo: la noche en que sufrió un infarto de miocardio y decidió dejar los excesos. Según nos cuenta AL que le contó Droguin, aquello fue como en las películas, y me refiero al consabido túnel con la luz al fondo. Cuando AL le preguntó qué hizo, Droguin se mostró tajante: “Qué carajo iba a hacer. Caminé por el túnel, llegué a la luz, medí y me volví”. En ese momento miro a AC y llego a la conclusión de que todos los directores de fotografía se parecen como dos gotas de ginebra de garrafa. Naturalmente, no hablo de hábitos nocturnos.
Post Es el futuro. Lo recuerdo porque ese día cerramos el último argumento de After. Salimos a tomar una cerveza a la una de la tarde y terminamos cerca de las once de la noche. Nos despedíamos en la puerta de casa de Alberto cuando uno de los dos –no recuerdo quién- soltó la siguiente pregunta: “¿Después de esa noche, qué pasará con nuestros personajes cuando vuelvan a encontrarse?”. Uno de los dos –tampoco recuerdo quién- le dio una palmadita en la espalda al otro y dijo “mañana hablamos”. “O no”, pensó el otro. Naturalmente, no era una pregunta retórica. La respuesta está contenida en cada uno de vosotros.
Post Narcisistas bañistas. Alberto y yo tenemos la oficina en una cafetería que hay cerca de su casa. Somos malos clientes, lo reconozco. Como mucho un par de cortados diarios por cabeza; lo que hace una media aproximada de un cortado cada 137 minutos. A y B –sólo en este post- somos él y yo. Y no necesariamente por orden. Lo del cuadro de Jack Vettriano es real. Esa imagen me acompañó durante todo el proceso de escritura del guión como una suerte de mapa emocional de los personajes. Hasta esa mañana de la que hablo en el post, los personajes principales de After habían sido seis. Supongo que en más de una cosa tuvo que ver el cuadro.
Post Pequeñas mentiras. Nuestro amigo P. es una especie de Cioran con barba en su versión más divertida. Ha leído todos los libros del mundo, pero eso no es lo importante. Lo importante es que los recuerda todos. Y los procesa. No miento. Una noche Alberto y yo quedamos con él para cenar e intercambiar opiniones sobre el argumento definitivo de After. Fue él quien nos habló por primera vez de karmelo C. Iribarren y de su presencia invisible en nuestra historia. Confieso que me reí a carcajadas cuando a los postres nombró el título de su única antología: Seguro que esta historia te suena. Nunca le he preguntado si esto último fue pura casualidad o un giro que traía estudiado de casa para hablarnos de After. Viniendo de P. prefiero pensar en lo segundo. Que he leído a Karmelo y que coincido con P. – sólo en parte-, queda atestiguado en el post.
Post Juegos de la clase media. No sé qué opinará Alberto, pero yo diría que el origen más remoto de After tiene que ver con un amigo mío –como es lógico, él desconoce su implicación en este asunto-. Lo último que supe de él es que salió una tarde a comprarle un regalo de cumpleaños a su hijo pequeño y que llegó cuatro días después, justo para la celebración de la fiesta que su mujer y él habían organizado para su hijo en un Mcdonald’s. Si han visto Husbands, sólo tienen que pensar en Peter Falk en su última secuencia. Mi amigo es el funambulista del post, y After es una historia de funambulistas.
Posts Amor 13, Julio 02 y Algo parecido al remordimiento. Al respecto sólo diré una cosa: si les llevó a algún sitio, estoy seguro de que ese sitio tiene que ver con la película. Porque sí, After es una película a la que se puede llegar desde muy distintos lados. Uno de ellos, éste. Lo sepan para el futuro.
NOTAS DE UN DIARIO DE RODAJE ENCONTRADO EN UN BOLSILLO II
(¿? de julio, 2008) cuatro semanas de noches son muchas noches y muchas semanas sobre todo cuando parte de la chicha está en la peña de fiesta y a nadie le gusta que le pongan los dientes largos como terapia supletoria algunos todos señores y señoras respetables los sábados por la mañana después del último día de tajo de la semana han decidido instaurar el llamado desayuno transoceánico que consiste en buscar un bar abierto a las seis o las siete de la mañana y esperar que el sol deje de molestarles hay otros métodos pero aseguro que este ayuda a sobrellevar el jet lag la edad media del grupo gira en torno a los 36 ahora que algún capullo me diga que todo esto que estamos haciendo es mentira anochece de nuevo creo que es hora de acostarse
(30 de julio, 2008) Amanece. AL. deja la pértiga entre los arbusto y corre porque dice que hay ratas. La cámara está lejos y Manuel está sólo, junto al cruce. Tiene la camisa manchada de sangre y le da patadas a su coche. Se rueda. Los coches que pasan por su lado no entienden nada y le pitan. A la segunda toma, se presenta la policía. Esto me recuerda que hay gremios que tienen la costumbre de estar siempre en el lugar equivocado. No estoy hablando de carpinteros.
(15 de agosto, 2008) Rodar en una piscina con cuarenta grados a la sombra o en una sofocante noche de julio, con la ciudad dormida de fondo y tener prohibido el baño. Según esto me resultan lógicas dos cosas, ocurridas por orden cronológico: que el director acabe en el agua, vestido, el último día de rodaje; y que en la fiesta final, ya amanecido el día, con creces, más de uno termine chapoteando en una piscina tan ligero de pudor como de ropa. Nada que ver, pero me acuerdo del último libro de Bukowski: “El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco”. Sentado en el bordillo de la piscina, en esa misma fiesta, a las nueve de la mañana, el script tiene una duda: “Hay una cosa que no entiendo”, me dice. “La película, el tercer acto. ¿Dónde está el tercer acto?” Yo miro al frente y le señalo: hay alguien que quiere trepar hasta la segunda planta de la casa; tres tipos juegan al baloncesto con una botella de ron vacía; un señor con barba se empeña en arreglar el césped con un limpiador de fondos de piscina; y en la barbacoa, una chica le da vuelta y vuelta a sus chanclas. “Pregúntaselo a ellos mañana”, le respondo. “A ver qué opinan”. // hay [27] comentarios. Introduce el tuyo.
NOTAS DE UN DIARIO DE RODAJE ENCONTRADO EN UN BOLSILLO I
(23 de junio, 2008) Es lunes. Primer día de rodaje. Estamos en un polígono industrial. Son las doce y media de la noche y se ensaya la primera secuencia de la película: Julio intenta sacar dinero de un cajero sin suerte. Me acerco al script y le pregunto: “¿Tú crees que esto tendrá algo que ver con el futuro de la película?”. El script se gira y tarda un segundo en contestarme: “¿Ya empezamos otra vez con las metáforas?”.
(21 de julio, 2008) Conversación entre dos figurantes oída en el set, afterhours. ÉL, cerca de los cuarenta; ELLA, poco más de treinta. ELLA: Yo te conozco. ÉL: ¿Perdona? ELLA (asiente): ¿No te acuerdas de mí? ÉL: No. ELLA (sonríe): ¿Seguro? ÉL: No, no sé… Ahora mismo… ELLA: Claro que sí, hombre. Tú y yo hemos follado, ¿no te acuerdas? En los baños del CN.
(5 de agosto, 2008) Es la historia de Manuel. Como no podíamos contar con Charles Laughton, decidimos hacerlo con un perro y un niño. El niño se llama R.; U. es el nombre de la perra. R. tiene una mirada que desarbola y un extraño idilio con la cámara. La pongan donde la pongan, R. la localiza y no deja de mirarla. Es un verdadero experto. Alberto y Tristán se han inventado un juego: quien mire menos a cámara, gana. No hay otra forma; y ni con esas. Si hoy ha ganado es porque se ha quedado dormido en el coche, entre réplica y réplica. Con todo, su mirada vale oro. A veces tengo la sensación de que me mira como desde otro lado. Me da pudor decirlo, pero mirándolo me pregunto: quién es de los dos el adulto. (…) En cuanto a U., la perra, tiene su propio coach y sus salchichas. Su coach es J.F., un tipo afable con un aire a Omero Antonutti cruzado con Robert De Niro. Su comunicación básica con U. se reduce a dos palabras mágicas, a saber: “ras”, cuando quiere que U. se arrastre; y “tumba”, cuando quiere que se tumbe. A veces funcionan, otras no. Hoy no han hecho falta ninguna de las dos. Son las cuatro menos cuarto de la tarde, y en esta casa en medio del campo, entre chicharras, me atrevería a decir que un tercio del equipo ha dejado la comida a medias y se ha arrastrado por el suelo del salón para buscar un hueco donde tumbarse y sestear un rato. Yo llego tarde y no encuentro sitio. No exagero. U. ladra de pie, en una esquina. No me extrañaría que estuviera protestando por lo que sobreactuamos los humanos. // hay [23] comentarios. Introduce el tuyo.
Entre sus costumbres, B y M tienen la de nunca citarse. “Cualquier intento de establecer analogías entre la estructura atómica y la estructura del mundo está condenado al fracaso”, dice M que es autodidacta y justifica sus colisiones con B según el principio de incertidumbre de Heisemberg mientras moja un cigarrillo en cocaína. “La soledad es un problema de proporciones”, sostiene B que se gana la vida haciendo maquetas. A M no le importa que B sea bajito o esté perdiendo pelo; para ella B es como Ben Gazzara después de una lluvia de electrones. Por lo que hace a B, suele ocurrir que mire a M a través del espejo del baño –el billete enrollado en la mano, medio encorvado frente a la cartera en el lavabo- y afirme que lo que más le gusta de ella es su arquitectura y su rotunda disposición en el espacio -es evidente que entre uno y otro comentario M y B se descojonan-.
Hasta ahora nadie sabe –ya lo saben- que tanto B como M tienen una pareja estable a la que aman, cada uno a su forma. Y aunque ya he advertido que no hay premeditación en sus encuentros –los teléfonos que se intercambiaron la primera tarde que despertaron juntos siguen siendo falsos-, cada vez que la incertidumbre de M choca con el mundo en miniatura de B a altas horas de la noche, en un tugurio, se da un extraño fenómeno nuclear por el que los dos acaban borrachos y follando como cerdos. No voy a dar más detalles al respecto; allá cada cual con sus costumbres. Sólo diré que hoy, después del último encuentro, mientras almorzaban sentados a la barra de una cafetería en un polígono industrial -B un plato combinado del número 7 + resaca, M un sándwich especial de la casa + resaca-, alguien ha cambiado el canal de la televisión de pago y M y B se han quedado en silencio viendo a M. M. caminar sobre sus platos hacia la playa al final de una película. Luego B se ha inventado que tenía que ir al baño y M ha pedido la cuenta sin mirarlo, rebuscando en el bolso. Ninguno de los dos ha sabido explicarse lo ocurrido. En la calle, M y B se han dado un beso y han tomado taxis distintos. Nunca más volverán a encontrarse. Supongo que como debió ocurrirle a M. M., no debe ser fácil reconocerse en un monstruo marino muerto y varado en la orilla de una playa y seguir sobreviviendo siendo el mismo. Hay cosas demasiado recónditas para un físico, aunque sea alemán, e irreproducibles en una maqueta.
Ha puesto a Bach / en el cassette. Me ha dicho / que se iba a ver a unas amigas / -un favor, me ha recordado, que le debe / a no sé quién-. Yo leo un libro, / fumo; el cenicero / está sobre la colcha.
He apagado todas / las luces de esta casa. Y al volver / -los pies desnudos sobre el mármol- / de la cocina, en una mano el café, / el ascua roja del cigarro en otra, / me he detenido, como con miedo, casi, /a escuchar el latido acompasado / de mi corazón.
Contra todo pronóstico, B despierta en mitad de la noche pensando en amor. Otras veces le ocurre. Quiero decir que no es la primera vez que B se desvela por imperativo de alguna palabra y ya no puede dormir. Le pasó en su día con almendra o nevera o revólver o neumático. Pero nunca antes le había despertado la palabra amor. En defensa de B diré dos cosas: primero, que B no es ningún cursi; y segundo, que no hay nada que anticipe este tipo de desvelos -por mucho que digan, no hay una ciencia exacta del sueño-. Sin moverse aún de la cama, y mientras paladea su palabra, B piensa en una historia que leyó hace tiempo en un libro de A. F. M. y piensa en ese hombre que Piensa en una historia que leyó hace tiempo en el Reader´s Digest: si a una persona le dicen que detrás de las 5 puertas que tiene ante sí hay un TIGRE SORPRESA, y que ha de adivinar detrás de cuál de ellas está ese tigre, entonces sabrá que detrás de la última no podrá estar, porque una vez llegado hasta esa puerta sin haber encontrado al tigre, ya sabría seguro que estaría detrás, y en ese caso ya no sería un TIGRE SORPRESA, así que la última puerta está descartada. Y tampoco estará detrás de la penúltima, porque sabiendo ya que en la última no puede estar, entonces sabría, con toda seguridad, que ha de estar en la penúltima, y en ese caso tampoco sería ya un TIGRE SORPRESA, así que en la penúltima, descartado. Pero en la antepenúltima tampoco, porque sabiendo que no puede estar ni en la última ni en la penúltima, entonces tendría que estar justo ahí, en la antepenúltima, y entonces ya tampoco sería sorpresa, y así va descartando todas hasta que se da cuenta que el tigre no puede estar en ninguna, y que precisamente era ésa la SORPRESA, y para demostrarlo va abriendo las puertas una por una hasta que en una de ellas, da lo mismo cuál, el tigre le salta al cuello y lo mata*. De pronto, B se levanta de la cama -ahora sí; y esto es tan nuevo como su nueva palabra-, busca como un loco en la oscuridad del dormitorio hasta que encuentra su teléfono móvil y lo apaga. Luego se sienta desnudo a los pies de la cama y llega a la conclusión de que mañana borrará el teléfono de ella de la agenda. Siempre hay tiempo para morir devorado por una palabra.
Mientras lee, A llega a la conclusión –tarde, como siempre- de que le fascinan las piscinas. Las piscinas en general. El concepto de piscina. Y aunque es cierto que A sabe que nunca tendrá la sonrisa de Burt Lancaster –A no es tonto-, o que jamás lucirá como Neddy Merril sentado en el bordillo de la piscina de los Westerhezy con una hermosa copa de ginebra en la mano, mientras planea cruzar la urbanización hasta su casa nadando de piscina en piscina, no es menos cierto que A sabe perfectamente qué significan las palabras de su vecina cuando dice “creo que anoche bebí demasiado”. Como los Graham y los Hammer y los Howland del libro que lee, él también es un burgués. Y a su modo un NADADOR secreto, como Sísifo. Dentro de un rato, cuando anochezca y cierre el libro de Cheever, como no hay piscinas a su alrededor, A subirá a la azotea de su casa y cruzará la ciudad de un extremo a otro, volando. De tendedero en tendedero. No lo juzgo. Todo el mundo tiene derecho a cruzar su propio infierno.
La televisión/ estaba/ encendida, / pero no/ la miraba nadie/ -en realidad en aquel bar nadie miraba más allá de su cerveza-. / Entonces/ entró un tipo/ y, señalando/ hacia un tren/ de mercancías/ que cruzaba/ a lo lejos/ dijo: / “Por allí vuelve a pasar la vida, amigos, por si a alguien le interesa”. / Y todos/ empezaron/ a descojonarse.
La gente quiere llegar a casa. Si no saben llegar a casa, las cosas van mal. Borracho o sobrio o de cualquier modo, siempre encuentras el camino a casa. Pero si de repente te desvías, si no encuentras el camino a casa, eso merece la pena ser contado. Porque eso es la vida.
John Cassavetes.
9.
Personaje. Julio vive en hoteles. Tiene una estampa de un trébol de cuatro hojas en la cartera y duerme poco. Pero no importa. Siempre hay gente en los recibidores de los hoteles. Da igual la hora que sea. Algunas noches, cuando no puede dormir, baja y dialoga con alguien. No tiene temas favoritos. Puede conversar de lo que sea. Aunque no quiera o no sepa o sea incapaz de llegar al corazón del asunto. Le pasa con todo. Si le preguntaras por los zapatos -ahora que dialoga con un representante de aceites-, o la camisa, o el cinturón, estoy seguro de que sabría decirte su precio exacto. No el valor. Porque ese es Julio; el mismo que cuando se despide de ti –si eres tú el representante de aceites- en el ascensor, porque él prefiere subir por las escaleras y dilatar el momento, evita recordar el motivo que una vez más le llevó a dejar encendida la televisión de su habitación antes de salir de casa. Siempre un hotel. // hay [6] comentarios. Introduce el tuyo.
Cafetería. Siempre la misma. A o B se ha quedado dormido. Por eso son las once, la cafetería está llena y es casi imposible hablar sin sentirse ridículo. A le tiende un pequeño moleskine a B con el recorte de un cuadro. No he dicho aún que A no mira a los ojos de B cuando habla; prefiere jugar con la rueda del mechero o los restos del azucarillo. “Siempre me pregunto qué han ido a buscar a esa playa vestidos de fiesta. Y por qué la chica es la única que está descalza. ¿Dónde están sus zapatos?”. B no se entera de lo que dice A, o no lo escucha. Está pensando que reconoce esa playa. Y que hay algo en los tres que le recuerda a él, y a C y a D y a Z. Tampoco he dicho aún que B siempre ha sido un buen fisonomista.
Personaje. Ana. Son las cinco de la mañana. Hay una chica borracha en un puente. Se ríe a carcajadas. Va descalza. Es imposible retirar la vista de su sonrisa. Lleva un vestido que se descuelga de un hombro y una sandalia en la mano. La chica se acerca a la balaustrada, saca medio cuerpo del puente y lanza la sandalia con todas sus fuerzas al agua. Tiene 36 años, pero disfruta como una niña. No sé si haría lo mismo si no la estuviera mirando. Mañana, cuando se levante, pensará que todos los cuentos que le contaron de pequeña son una mierda y que aquí no valen. Por descontado no se acordará de nada. Aunque se acuerde. // hay [7] comentarios. Introduce el tuyo.