19 junio, 2018. Por

Adrian Tomine

El Raymond Carver de la novela gráfica presenta 16 historias de desorientados y desarraigados
Adrian Tomine

Shortcomings (2008) o Rubia de verano (2011) son los nombres que primero se asocian en España con el de Adrian Tomine, considerado uno de los maestros de la novela gráfica en su formato de relato corto. Intrusos (2016) es su última entrega. Ahora, la editorial La Cúpula reedita una recopilación de sus primeras historias breves, que datan de 1995. Nueva portada y nuevo formato para un trabajo de serie estrictamente negra, repleto de detalles para todos aquellos amantes de los personajes sombríos, los diálogos cortantes y las historias sustanciosas.

Tomine, de quien se dice que en este volumen alcanzó su mayor capacidad para conmover, ha tejido una sólida carrera que le ha llevado a ser considerado una de las grandes voces del cómic en los últimos 15 años. De familia japonesa pero nacido en Sacramento (EEUU), tomó el camino de la autopublicación cuando solo tenía 16 años, en una adolescencia que ya le daría para dar a luz una serie que titularía Optic Nerve. Drawn & Quarterly sería la primera editorial que apostaría por él, 4 años más tarde.

Fue, durante mucho tiempo, un autor rastreable en numerosas recopilaciones y antologías, como Best American Comics, Best American Nonrequired Reading o McSweeney’s. Hoy reside en el neoyorkino barrio de Brooklyn, y merece la pena destacar algún detalle que da una buena pista su reconocimiento y estatus en el mundo de la historieta; además de convocar a ejércitos de fans con cada nueva publicación, se ha convertido en un habitual de las portadas del New Yorker, para el que supera el medio centenar de primeras páginas.

Portada del libro

Los 16 relatos de Sonámbulo y otras historias tienen mucho de esos personajes desorientados de Raymond Carver, desarraigados que persiguen sueños que casi han olvidado, hombres y mujeres a la deriva pero aferrados a un puñado de certezas que, casi por costumbre, han acabado por convertir en su vida. También aquí hay historias que terminan de forma abrupta, y esto incluye al lector, que se ve obligado a completar la narrativa a la que Tomine le traslada. La infancia, la familia, el amor, la vejez, las pérdidas, los reencuentros, la decepción y la euforia… todos esos estados de ánimo tienen en esta recopilación su espacio reservado. La intensidad emocional es innegable. Las tramas son hipnóticas por su cadenciosa sencillez.

Los 16 relatos de ‘Sonámbulo y otras historias’ tienen mucho de esos personajes desorientados de Raymond Carver, desarraigados que persiguen sueños que casi han olvidado, hombres y mujeres a la deriva pero aferrados a un puñado de certezas que, casi por costumbre, han acabado por convertir en su vida”

Todo ello lo consigue el californiano asaltando a sus personajes en situaciones casuales, cotidianas, en ningún caso especialmente significativas. A primera vista, por supuesto. En Sonámbulo, el primero de los relatos, le basta introducir este texto en un cartucho, sobre la imagen de una pareja tomando algo en un bar que no desentonaría en un cuadro de Edward Hopper, para mostrarnos la frágil esperanza de un personaje al reencontrarse con su ‘ex’: “Nos sentamos a cenar y es como si los últimos cinco meses se hubieran evaporado. Hablamos y bromeamos como habíamos hecho siempre, como si este tiempo separados lo hubiera arreglado todo”. La hora del almuerzo, otro de los más destacados, es una inesperada loa al poder de la memoria al final de la vida. Dylan y Donovan es una historia en la que se podría sintetizar todo el volumen, con su familia tratando de actuar cómo se supone que actúan el resto de las familias en normalidad y evidenciando, precisamente por ello, las carencias afectivas reales entre sus integrantes.

La enorme dimensión que Tomine ha ido desplegando en sus posteriores obras estaba ya concentrada en las historias que reúnen este volumen. Ahora lo sabemos. No se trata de relatos semiautobiográficos, como en sus primeros pasos en el mundo de la novela gráfica. Es, más bien, el nacimiento de su personal forma de explicar el mundo, siempre alejado de lo convencional y lo predecible, tomando nuevos caminos o perfeccionando los vigentes. Todo inmerso en una pureza narrativa y una sencillez que lo convierten en adictivo.

Una de las páginas del libro

Adrian Tomine