11 julio, 2018. Por

Jean-François y el Sentido de la Vida

Una desatinada road movie existencialista
Jean-François y el Sentido de la Vida

A medio camino entre la road movie, el alegato contra el acoso escolar, la comedia sarcástica y la fábula juvenil, hace poco que Jean-François y el Sentido de la Vida (Sergi Portabella, 2018) se puede ver en nuestros cines. Una película que es el debut en el largo de su director y guionista y que se ahoga en sus propias buenas intenciones, incapaz de armar un discurso coherente y, ni mucho menos, novedoso. ¿Quién iba a decir que convertir en pedante existencialista a un chavalín tímido y silencioso no iba a funcionar?

Francesc (Max Megías) no tiene una vida especialmente agradable en el colegio. Es objeto del acoso de varios abusones y su psicólogo no parece capaz de conectar con sus inquietudes. El descubrimiento fortuito de El Mito de Sísifo de Albert Camus le lleva a obsesionarse con el filósofo existencialista. Así que cuando la presión de sus acosadores se vuelve insoportable, Francesc decide huir a París para conocer a su nuevo héroe, a quien ansía plantearle sus propias reflexiones sobre el sentido de la vida y el suicidio. Por el camino se encontrará con Lluna (Claudia Vega), otra fugitiva del hogar paterno que se ofrecerá a llevarle hasta la capital francesa.

Dilapida todo su potencial para convertirse en un alegato medianamente coherente contra el bullying a base de sobreexplotar los elementos que la hacen especial

Aunque tiene un buen puñado de elementos atractivos, Jean-François y el Sentido de la Vida dilapida todo su potencial para convertirse en un alegato medianamente coherente contra el bullying o una comedia realmente eficaz a base de sobreexplotar los elementos que, aparentemente, la hacen especial. Francesc es un personaje con el que el espectador está dispuesto a empatizar desde el mismo arranque de la película. Pero su actitud soberbia, infantil y egoísta acaba por arruinar cualquier interés que uno tuviera en él. Y sí, ya sabemos que los adolescentes se suelen comportar así. Pero es bastante aburrido contemplarlo.

Más aún: la road movie, a la que le cuesta demasiado encontrar su propio final, convierte a nuestro héroe precisamente en el mismo tipo de déspota abusador del que está tratando de huir. De víctima torturada a varón blanco acomodado en sus privilegios. De niño inocente a joven chantajista y malicioso. El problema es que no queda claro que esa sea la intención de Portabella, quien parece deleitarse en la profunda sabiduría que va adquiriendo su inocente protagonista sin importarle demasiado qué se lleve por delante en el camino. Como si lo que quisiera ensalzar fuera el hecho de que uno se puede convertir en un bully aunque sea un poco nerd.

Si uno piensa en películas que hayan captado, desde una rompedora ironía, los dolores de una juventud asfixiante, como Las Vírgenes Suicidas (Sofia Coppola, 1999), este intento de abordar el asunto todavía parece más gris

Jean-François y el Sentido de la Vida podría ser un ingenioso relato de una búsqueda o un entrañable viaje hacia la madurez. Pero se queda en una pedante huida hacia delante plagada de personajes que se creen demasiado listos que no logra sorprender en ningún momento. Si uno piensa en películas que hayan captado, desde una rompedora ironía, los dolores de una juventud asfixiante, como Las Vírgenes Suicidas (Sofia Coppola, 1999), este intento de abordar el asunto todavía parece más gris. Solamente le salvan algunos diálogos que ponen las grandilocuentes palabras del Existencialismo en la pequeña boca de Francesc, dotándolas de un nuevo timbre que, más que cómico, es audaz.

Es una pena que el ágil trabajo de los jóvenes actores que la protagonizan caiga en un saco tan roto. Jean-François y el Sentido de la Vida no es larga (85 minutos) y, aún así, se hace bastante interminable. Sus compases finales parecen estirados como un chicle cuando uno ya ha perdido cualquier interés por las ocurrencias de Francesc. Aburre y se siente innecesariaLa potencia de su mensaje queda a años luz del de otra cinta reciente que trataba, también, el acoso escolar: A Silent Voice (Naoko Yamada, 2016). Si pretende emocionar o plantar una sonrisa irónica en sus espectadores, no lo consigue. Y si quiere contar algún tipo de fábula moral en torno a la construcción de la masculinidad, erra su mensaje de manera estrepitosa.

Jean-François y el Sentido de la Vida