17 enero, 2018. Por

120 pulsaciones por minuto

Cuando los corazones gigantes laten contra lo invisible
120 pulsaciones por minuto

Quien habla abiertamente del SIDA, quizá por estigma, parece que haya tenido antes que pronunciárselo muchas veces en voz baja. Para certificarlo. Para asimilarlo. Para aceptarlo. Es un tabú casi decírselo al espejo: nadie está preparado para la noticia, ni el de dentro ni el de fuera. Tampoco, y más hace unos años, la familia era el refugio seguro. Tal vez los amigos, en el mejor de los casos. O puede que sólo con otros afectados se sienta la hermandad que otorga algo tan común como esquivo: un virus.

120 pulsaciones por minuto va de frente contra aquello no sólo invisible, sino invisibilizado. Ambientada en los arranques de la pasada década de los 90, la tercera cinta de Robin Campillo es su consagración tardía (cumplirá 56 años el próximo agosto). Aupada por Almodóvar & cía con el Gran Premio del Jurado en el pasado Festival de Cannes, 120 BPM se ha quedado a las puertas de la candidatura a Mejor Película Extranjera en los Globos de Oro, aunque pocos dudan de su presencia en la noche de los Oscar tras su laureado paso por los círculos de críticos norteamericanos.

Su historia es la historia de los silenciados o de los incómodos porque hacían mucho ruido. Demasiado ruido de la enfermedad, de la agonía y de la muerte, que suelen enmudecer o dejar vacíos. El absurdo, oscuro y feísimo ‘tú te lo has buscado’ que tuvieron (tienen, en algunos casos) que escuchar los afectados por el SIDA. Y la forma que tuvieron de concienciar, de darse altavoz, de perseguir mayores derechos, medicamentos reales y no bálsamos muy poco lenitivos. Huir de ser la lacra que se decía entonces (se dice en algunos casos) que eran.

Situada en la Francia del presidente François Mitterrand y en el París del alcalde Jacques Chirac, Campillo narra algo que conoció muy bien: la militancia de ACT UP París. De joven, tanto Campillo como su coguionista, Philippe Mangeot, formaron parte de esta organización cuyo nombre es el acrónimo de AIDS Coalition To Unleash Power, que se traduciría como ‘Coalición de afectados por el SIDA para desatar el poder’.

Y desatarlo era desencadenar el grito y la acción: por las calles, en manifestaciones, en colegios e institutos o en sedes de empresas farmacológicas que jugaban con sus esperanzas como quien usa el futuro perfecto para hablar con un condenado a muerte. Así al menos sucede en los primeros compases de 120 BPM, donde vamos conociendo a los protagonistas más como grupo que individualmente.

«Se sale de la sala con la sensación de formar parte del mensaje y la fiebre, del corazón y el pulso»

Y quizá la película debería haber explotado más esa vena comunal que virar amargamente hasta casi rozar lo telefílmico. La segunda parte de la cinta, mucho más centrada en los personajes interpretados por Nahuel Pérez Biscayart y Arnaud Valois, aunque con momentos puntuales de sensibilidad, no alcanza las cimas que la primera hora de 120 BPM auguraba. Aunque se comprende a nivel de dirección, puesto que continuamente se juega con las gradaciones de lo diminuto al acto mayúsculo, el desnivel es tan profundo como doliente en el espectador.

Lo que hace que parezca finalmente dos películas en una es precisamente ese riesgo por no apostar por uno u otro lado decididamente. La cinta no va oscilando, sino que se parte. Esa necesidad de (casi) ir a lo seguro quiebra un poco el mensaje.

Y, sin embargo, con una última escena icónica, se sale de la sala con la sensación de formar parte del mensaje y la fiebre, del corazón y el pulso.

120 pulsaciones por minuto